Laudes

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¡Señor, abre mis labios!

¡Y mi boca proclamará tu alabanza!

Salmo 99

¡Alegría de los que entran en el templo!

Venid adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

Aclama al Señor tierra entera, servid al Señor con alegría; entrad en su presencia con aclamaciones.

Venid adoremos a Cristo, el Señor,  que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

Sabed que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.

Venid adoremos a Cristo, el Señor,  que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,  por sus atrios con himnos dándole gracias y bendiciendo su nombre.

Venid adoremos a Cristo, el Señor,  que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.

Venid adoremos a Cristo, el Señor,  que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Venid adoremos a Cristo, el Señor,  que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

Himno:

Ojos muertos que miráis con mirar indescriptible y con fuerza irresistible atraéis y cautiváis, ¿por qué, si muertos estáis, tenéis tan viva expresión que así turbáis mi razón trocando vuestras miradas en dos punzantes espadas que parten mi corazón?

Al veros, ojos piadosos, todo mi ser se conmueve. ¿Quién a miraros se atreve sin llorar, ojos llorosos? Me cautiváis amorosos, me reprendéis justicieros, inspiráis dolor y calma, sois tiernos y sois severos, y las borrascas del alma enfrenáis solo con veros.

¡Ah! Permitid ojos píos, ojos que sois el encanto del cielo, que con mi llanto borre mis locos desvíos; bebí en cenagosos ríos aguas de ponzoñas llenas que, al infiltrarse en mis venas,causaron fiebres ardientes. ¡Cómo olvidé que erais fuentes de aguas dulces y serenas!

¡Amén!

 Salmodia:

Defiende mi causa, Señor, sálvame del hombre traidor y malvado.

Salmo 42:

Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad,

sálvame del hombre traidor y malvado.

Tú eres mi Dios y protector, ¿por qué me rechazas?, ¿por qué voy andando sombrío,

hostigado por mi enemigo?

Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo,

hasta tu morada.

Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío.

¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío».

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Defiende mi causa, Señor, sálvame del hombre traidor y malvado.

Te encargaste de defender mi causa y de salvar mi vida, Señor, Dios mío.

Cántico:

Isaías 38,10-14;17-20

 Yo pensé: En medio de mis días tengo que marchar hacia las puertas del abismo;

me privan del resto de mis años.

Yo pensé: Ya no veré más al Señor en la tierra de los vivos, ya no miraré a los hombres entre los habitantes del mundo.

Levantan y enrollan mi vida como una tienda de pastores. Como un tejedor, devanaba yo mi vida, y me cortan la trama.

Día y noche me estás acabando, sollozo hasta el amanecer. Me quiebras los huesos como un león, día y noche me estás acabando.

Estoy piando como una golondrina, gimo como una paloma. Mis ojos mirando al cielo se consumen: ¡Señor, que me oprimen, sal fiador por mí!

Me has curado, me has hecho revivir, la amargura se me volvió paz cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía y volviste la espalda a todos mis pecados.

El abismo no te da gracias, ni la muerte te alaba, ni esperan en tu fidelidad los que bajan a la fosa.

Los vivos, los vivos son quienes te alaban: como yo ahora. El padre enseña a sus hijos tu fidelidad.

Sálvame, Señor, y tocaremos nuestras arpas todos nuestros días en la casa del Señor.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Te encargaste de defender mi causa y de salvar mi vida, Señor, Dios mío.

Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

Salmo 64:

Oh Dios, tú mereces un himno en Sión, y a ti se te cumplen los votos, porque tú escuchas las súplicas.

A ti acude todo mortal a causa de sus culpas; nuestros delitos nos abruman, pero tú los perdonas.

Dichoso el que tú eliges y acercas para que viva en tus atrios: que nos saciemos de los bienes de tu casa, de los dones sagrados de tu templo.

Con portentos de justicia nos respondes, Dios, salvador nuestro; tú, esperanza del confín de la tierra y del océano remoto.

Tú que afianzas los montes con tu fuerza, ceñido de poder; tú que reprimes el estruendo del mar, el estruendo de las olas y el tumulto de los pueblos.

Los habitantes del extremo del orbe se sobrecogen ante tus signos, y las puertas de la aurora y del ocaso las llenas de júbilo.

Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales.

Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes; coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia.

Rezuman los pastos del páramo, y las colinas se orlan de alegría; las praderas se cubren de rebaños, y los valles se visten de mieses, que aclaman y cantan.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

Lectura breve:

Za 12,10-11

Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el Hijo único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día será grande el luto de Jerusalén.

Responsorio breve:

Nos has comprado, Señor, con tu sangre. Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

De toda raza, lengua, pueblo y nación. Con tu sangre. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

Cántico evangélico:

Glorifícame, Padre, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre:  Abraham.

Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Glorifícame, Padre, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.

Preces:

Acudamos a Cristo, nuestro Salvador, que nos redimió con su muerte y resurrección, y supliquémosle, diciendo:

Señor, ten piedad de nosotros.

Tú que subiste a Jerusalén para sufrir la pasión y entrar así en la gloria.

Conduce a tu Iglesia a la Pascua eterna.

Tú que, exaltado en la cruz, quisiste ser atravesado por la lanza del soldado.

Sana nuestras heridas.

Tú que convertiste el madero de la cruz en árbol de vida.

Haz que los renacidos en el bautismo gocen de la abundancia de los frutos de este árbol.

Tú que clavado en la cruz, perdonaste al ladrón arrepentido.

Perdónanos también a nosotros, pecadores.

Porque deseamos que la luz de Cristo alumbre a todos los hombres, pidamos al Padre que su reino llegue a nosotros:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo; danos, hoy,  nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

Oración final:

Dios todopoderoso y eterno, concédenos participar tan vivamente en las celebraciones de la pasión del Señor, que alcancemos tu perdón.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos.

¡Amén!

El Señor nos bendiga, y nos guarde de todo mal, y nos lleve a la vida eterna.

¡Amén!

¡Oh Señora mía!, ¡oh Madre mía!,  yo me ofrezco enteramente a vos y en prueba de mi filial afecto os consagró, en este día: mis ojos, mis oídos, mi lengua y mi corazón;en una palabra, todo mi ser, ya que soy todo vuestro, ¡oh Madre de bondad!, guardadme y protegedme como hijo y posesión vuestra.

¡Amén!

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Padre Carlos Yepes

El Padre Carlos Yepes es un sacerdote Colombiano reconocido por su labor evangelizadora en los medios de comunicación a través de los cuales hace:
Reflexiones diarias del evangelio (Palabra de Vida)
Reflexiones para vivir con sentido
Oraciones diarias

Fundación Amén Comunicaciones

Es una productora Católica, dedicada a la evangelización digital y de televisión.
Su misión es anunciar el evangelio de manera clara, sencilla y existencial al hombre de hoy, tan necesitado de un mensaje de sabiduría, paz y esperanza para su vida.