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Oficio de lectura – domingo 10 mayo 2026

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

HIMNO

Oh perpetuo Pastor, que purificas

a tu grey con las aguas bautismales,

en las que hallan limpieza nuestras mentes

y sepulcro final nuestras maldades.

 

Oh tú que, al ver manchada nuestra especie

por obra del demonio y de sus fraudes,

asumiste la carne de los hombres

y su forma perdida reformaste.

 

Oh tú que, en una cruz clavado un día,

llegaste por amor a estremos tales,

que pagaste la deuda de los hombres

con el precio divino de tu sangre.

 

Oh Jesucristo, libra de la muerte

a cuantos hoy reviven y renacen,

para que seas el perene gozo

pascual de nuestras mentes inmortales.

 

Gloria al Padre celeste y gloria al Hijo,

que de la muerte resugió triunfante,

y gloria con entrambos al divino

Paracleto, por los siglos incesantes. Amén.

 

SALMODIA

 

Ant. 1: Aleluya. La piedra ha sido removida de la entrada del sepulcro. Aleluya

 

 

– Salmo 103 –

–I–

 

Bendice, alma mía, al Señor:

¡Dios mío, qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

la luz te envuelve como un manto.

 

Extiendes los cielos como una tienda,

contruyes tu morada sobre las aguas;

las nubes te sirven de carroza,

avanzas en las alas del viento;

los vientos te sirven de mensajeros;

el fuego llameante, de ministro.

 

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,

y no vacila jamás;

la cubriste con el manto del océano,

y las aguas se posaron sobre las montañas;

 

pero a tu bramido huyeron,

al fragor de tu trueno se precipitaron,

mientras subían los montes y bajaban los valles:

cada cual al puesto asignado.

Trazaste una frontera que no traspasarán,

y no volverán a cubrir la tierra.

 

De los manantiales sacas los ríos,

para que fluyan entre los montes;

en ellos beben las fieras de los campos,

el asno salvaje apaga su sed;

junto a ellos habitan las aves del cielo,

y entre las frondas se oye su canto.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1: Aleluya. La piedra ha sido removida de la entrada del sepulcro. Aleluya

 

 

 

 

 

Ant. 2 Aleluya, ¿A quién buscas, mujer?, ¿al que vive entre los muertos? Aleluya

 

Salmo 103-II:

 

Desde tu morada riegas los montes,

y la tierra se sacia de tu acción fecunda;

haces brotar hierba para los ganados,

y forraje para los que sirven al hombre.

 

Él saca pan de los campos,

y vino que le alegra el corazón;

y aceite que da brillo a su rostro,

y alimento que le da fuerzas.

 

Se llenan de savia los árboles del Señor,

los cedros del Líbano que él plantó:

allí anidan los pájaros,

en su cima pone casa la cigüeña.

Los riscos son para las cabras,

las peñas son madriguera de erizos.

 

Hiciste la luna con sus faces,

el sol conoce su ocaso.

Pones las tinieblas y viene la noche

y rondan las fieras de la selva;

los cachorros rugen por la presa,

reclamando a Dios su comida.

 

Cuando brilla el sol, se retiran,

y se tumban en sus guaridas;

el hombre sale a sus faenas,

a su labranza hasta el atardecer.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2 Aleluya, ¿A quién buscas, mujer?, ¿al que vive entre los muertos? Aleluya

 

 

Ant. 3 Aleluya. No llores, María; ha resucitado el Señor. Aleluya.

 

Salmo 103 -III-

 

¡Cuántas son tus obras, Señor,

y todas las hiciste con sabiduría!;

la tierra está llena de tus criaturas.

 

Ahí está el mar: ancho y dilatado,

en él bullen, sin número,

animales pequeños y grandes;

lo surcan las naves, y el Leviatán

que modelaste para que retoce.

 

Todos ellos aguardan

a que les eches comida a su tiempo:

s la echas, y la atrapan;

abres tu manto y se sacian de bienes;

 

escondes tu rostro, y se espantan;

les retiras el aliento, y expiran

y vuelven a ser polvo;

envías tu aliento, y los creas,

y repueblas la faz de la tierra.

 

Gloria a Dios para siempre,

goce el Señor con sus obras.

Cuando él mira la tierra, ella tiembla;

cuanto toca los montes, humean.

 

Cantaré al Señor mientras viva,

tocaré para mi Dios mientras exista:

que le sea agradable mi poema,

y yo me alegraré con el Señor.

 

Que se acaben los pecadores en la tierra,

que los malvados no existan más,

¡Bendice, alma mía, al Señor!

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

 

Ant. 3 Aleluya. No llores, María; ha resucitado el Señor. Aleluya.

 

VERSÍCULO

 

  1. Mi corazón se alegra. Aleluya.
  2. Y te canto agradecido. Aleluya.

 

PRIMERA LECTURA

 

De los Hechos de los apóstoles

20, 17-38

 

En aquellos días, desde Mileto, mandó Pablo llamar

a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Cuando se pre-

sentaron les dijo:

 

«Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado

aquí, desde el día que por primera vez puse pie en Asia,

he servido al Señor con toda humildad, en las penas y

pruebas que me han procurado las maquinaciones de

los judíos. Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que

he predicado y enseñado en público y en privado, insis-

tiendo a judíos y griegos a que se convirtieran y crean

en nuestro Señor Jesús.

 

Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíri-

  1. No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu

Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguar-

dan cárceles y luchas. Pero a mí no me importa la vida;

lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el

encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del

Evangelio, que es la gracia de Dios.

 

He pasado por aquí predicando el reino, y ahora sé

que ninguno de vosotros me volverá a ver. Por eso de-

claro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie:

nunca me he reservado nada, os he anunciado entera-

mente el plan de Dios.

 

Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espí-

ritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de

la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su

Hijo. Ya sé que, cuando os deje, se meterán entre voso-

tros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño.

Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y

arrastrarán a los discípulos. Por eso, estad alerta: acor-

daos que durante tres años, de día y de noche, no he

cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada

uno en particular. Ahora os dejo en manos de Dios y de

su palabra que es gracia, y tiene poder para construiros

y daros parte en la herencia de los santos.

 

A nadie le he pedido dinero, oro ni ropa. Bien sabéis

que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis

compañeros. Siempre os he enseñado que es nuestro

deber trabajar para socorrer a los necesitados, acordán-

donos de las palabras del Señor Jesús: «Más dichoso es

el que da que el que recibe.»»

 

Cuando terminó de hablar, se pusieron todos de ro-

dillas, y Pablo rezó con todos ellos. Hubo abundantes

lágrimas por parte de todos, y, echándose al cuello de

Pablo, lo abrazaron afectuosamente. Estaban afligidos,

sobre todo porque les había dicho que ya no lo volve-

rían a ver. Y así lo acompañaron hasta la nave.

 

Responsorio

 

  1. Tened cuidado del rebaño que el Espíritu Santo os

ha encargado guardar, * como pastores de la Iglesia

de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo.

Aleluya.

 

  1. En un administrador lo que se busca es que sea fiel.

 

  1. Como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió

con la sangre de su Hijo. Aleluya.

 

SEGUNDA LECTURA

 

Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre

la segunda carta a los Corintios

 

Los que poseen las arras del Espíritu y la esperanza

de la resurrección, como si poseyeran ya aquello que

esperan, pueden afirmar que desde ahora ya no conocen

a nadie según la carne: todos, en efecto, somos espiri-

tuales y ajenos a la corrupción de la carne. Porque,

desde el momento en que ha amanecido para nosotros

la luz del Unigénito, somos transformados en la misma

Palabra que da vida a todas las cosas. Y, si bien es ver-

dad que cuando reinaba el pecado estábamos sujetos

por los lazos de la muerte, al introducirse en el mundo

la justicia de Cristo quedamos libres de la corrupción.

 

Por tanto, ya nadie vive en la carne, es decir, ya na-

die está sujeto a la debilidad de la carne, a la que cierta-

mente pertenece la corrupción, entre otras cosas; en

este sentido, dice el Apóstol: Si en un tiempo conocimos

a Cristo según la carne, ya ahora no es así. Es como

quien dice: La Palabra se hizo carne y puso su morada

entre nosotros, y, para que nosotros tuviésemos vida,

sufrió la muerte según la carne, y así es como conoci-

mos a Cristo; sin embargo, ahora ya no es así como lo

conocemos. Pues, aunque retiene su cuerpo humano, ya

que resucitó al tercer día y vive en el cielo junto al Pa-

dre, no obstante, su existencia es superior a la mera-

mente carnal, puesto que ya no muere, la muerte no

tiene ya poder sobre él; su muerte fue un morir al pe-

cado de una vez para siempre, mas su vida es un vivir

para Dios.

 

Si tal es la condición de aquel que se convirtió para

nosotros en abanderado y precursor de la vida, es nece-

sario que nosotros, siguiendo sus huellas, formemos par-

te de los que viven por encima de la carne, y no en la

carne. Por esto, dice con toda razón san Pablo: El que

es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasa-

do, lo nuevo ha comenzado. Hemos sido, en efecto, jus-

tificados por la fe en Cristo, y ha cesado el efecto de la

maldición, puesto que él ha resucitado por librarnos,

conculcando el poder de la muerte; y, además, hemos

conocido al que es por naturaleza propia Dios verdade-

ro, a quien damos culto en espíritu y en verdad, por

mediación del Hijo, quien derrama sobre el mundo las

bendiciones divinas que proceden del Padre.

 

Por lo cual, dice acertadamente san Pablo: Todo esto

se lo debemos a Dios, que nos ha reconciliado consigo

por medio de Cristo, ya que el misterio de la encarna-

ción y la renovación consiguiente a la misma se realiza-

ron de acuerdo con el designio del Padre. No hay que

olvidar que por Cristo tenemos acceso al Padre, ya que

nadie va al Padre, como afirma el mismo Cristo, sino

por él. Y, así, todo esto se lo debemos a Dios, que nos

ha reconciliado por medio de Cristo, y nos ha confiado

el ministerio de esta reconciliación.

 

Responsorio

 

  1. Ponemos nuestra gloria y confianza en Dios gracias

a nuestro Señor Jesucristo, * por cuyo medio hemos

obtenido ahora la reconciliación. Aleluya.

 

  1. En él quiso Dios que residiera toda plenitud; y por

él quiso reconciliar consigo todas las cosas.

 

  1. Por cuyo medio hemos obtenido ahora la reconci-

liación. Aleluya.

 

Te deum. Tomarlo de un domingo anterior…

 

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

 

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

 

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

 

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

 

A ti la Iglesia santa,

por los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

 

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

 

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

 

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

 

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

 

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

 

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

 

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

 

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos elegidos.

 

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

 

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

 

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

 

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

 

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

 

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

 

A ti, Señor me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

 

ORACIÓN.

 

Oremos:

Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebran-

do con amor ferviente estos días de alegría en honor

de Cristo resucitado, y que los misterios que estamos

recordando transformen nuestra vida y se manifiesten

en nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu

Hijo.

 

CONCLUSIÓN.

 

  1. Bendigamos al Señor.

R, Demos gracias a Dios.