Las piedras del camino
Las piedras también hacen parte del camino; tú eliges si serán tropiezo o construcción.
Todo viajero sabe que no todos los trayectos son fáciles. Hay momentos de cansancio, dolor y silencio.
Quien viaja en avión sabe que existen tramos de turbulencia; quien recorre una carretera conoce las vías empedradas. La vida misma no es una línea recta, está hecha de subidas y bajadas, de claridad y oscuridad.
El Viernes Santo representa precisamente ese tramo del camino que nadie quisiera recorrer, pero que resulta imprescindible. Es la etapa donde el viaje deja de ser cómodo y se convierte en aprendizaje, fortaleza y fecundidad interior.
Este día transforma al viajero porque lo obliga a caminar sin seguridades, sostenido únicamente por la fe y la confianza plena en Dios. Aquí, el camino se vuelve cruz.
Las piedras del trayecto simbolizan las cruces que se presentan a lo largo de la vida. Para algunos, estas piedras se convierten en obstáculos que detienen el avance: desde allí reniegan, se quejan, se lamentan o se sumergen en el sinsentido. Para otros, sostenidos por el Señor, esas mismas piedras se transforman en fundamento, en escalones, en lugar de crecimiento.
La Palabra de Dios lo expresa con claridad cuando nos recuerda que no seremos probados más allá de nuestras fuerzas, y que junto a la prueba siempre se nos concede la gracia para resistirla (cf. 1 Cor 10,13). No se trata de negar el dolor, sino de atravesarlo con esperanza de la mano del Señor, porque “la apariencia te desgasta, la autenticidad en Jesús te sana. Mostrar tu vulnerabilidad ante el Señor no te debilita, te libera”.
El Viernes Santo busca ayudarnos a comprender que las cruces no son castigos, sino escuelas de crecimiento y de propósito. Así lo vivió el Obispo Van Thuan, quien, durante años de encarcelamiento, contemplaba a Jesús en la cruz. Al reconocer su propia realidad, descubrió que, como Cristo, también desde allí podía amar, perdonar y hacer un bien inmenso: “Viendo la inutilidad practica de mi vida pensaban en Jesús en la cruz: también Él estaba inmovilizado y no podía hacer lo que hizo en su vida pública…y, sin embargo, desde allí hizo lo más grande, redimirnos a los pecadores”
Privado de libertad, eligió vivir el momento presente con amor: enseñó, , perdonó y transformó la oscuridad en luz. Las piedras no lo detuvieron; lo edificaron.
Algo semejante expresó Santa Rosa de Lima, cuando afirmaba que “la cruz es la escalera para llegar al cielo”. Ella estaba convencida de que, más allá de las vicisitudes, todo podía convertirse en camino de santificación.
Finalmente, Jacques Philippe, en su libro Libertad interior, ofrece una clave fundamental para atravesar los momentos difíciles. Podríamos decir que, en el lenguaje de este viaje, es el “seguro” que se incluye ante cualquier eventualidad:
“Durante su bautismo, el cristiano es ungido con óleo perfumado, signo de su nueva condición: a través de su unión con Cristo, en lo sucesivo será Sacerdote, Profeta y Rey. ¿Cuál es el significado de esa realeza de la que se reviste? El cristiano es rey porque es hijo y heredero del Rey de cielo y tierra; pero también lo es en el sentido de que no se halla sometido a nadie, sino que todo se somete a él, al igual que ocurre con los reyes. Si hemos entendido bien lo dicho hasta el momento, esto es lo que se convierte en realidad para quien deja desarrollar en sí mismo la gracia del bautismo, es decir, para el que vive como un hijo de Dios en la fe, la esperanza y la caridad. Habrá penas y miserias, pero él no se someterá a nada, ni dependerá de circunstancias afortunadas o desafortunadas, ni existirán para él acontecimientos negativos, sino que todo cuanto sucede en el mundo estará a su servicio y beneficiará a su crecimiento en el amor y en su condición de hijo de Dios. Ni las circunstancias, ni las contingencias buenas o malas, ni el comportamiento de los demás puede afectarle negativamente: solo puede fomentar su verdadero bien, que es amar”
El Viernes Santo nos coloca frente a una verdad exigente y liberadora: las cruces no desaparecen, pero pueden transformarnos. Las piedras del camino no siempre se quitan; a veces, están allí para enseñarnos a construir.
En esta etapa del viaje, podemos detenernos y preguntarnos:
¿Cuáles son hoy las piedras – cruces más pesadas de mi camino?
¿Las estoy viviendo como un obstáculo que me paraliza o como una oportunidad de crecimiento?
¿Desde qué actitud afronto mis cruces: desde la queja o desde la confianza en Dios?
¿Qué me está enseñando esta dificultad que preferiría evitar?
¿Creo de verdad que Dios puede sacar bien del “mal” o de aquello que no entiendo?
¿Qué piedra podría convertirse, con la gracia de Dios, en fundamento para algo nuevo?
Avanza con el viaje:
Sábado Santo: La noche que guarda la promesa
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