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Sábado Santo

 ¡Oh noche maravillosa!

 

Por: Alejandra Tabares Fajardo, Teóloga

 

 

Aún recuerdo los sábados santos cuando era pequeña. Luego de un largo viernes de procesiones, silencio, tristeza y escuchar predicaciones y cantos del dolor de la cruz, continuaba el profundo silencio de un sábado que aguardaba la procesión de la Virgen dolorosa y un buen aguacero de la tarde. Hasta que por fin llegaba la noche con el signo de un fuego encendido, dejando atrás el silencio. Me ponía a la expectativa de una larga celebración en la que no era necesario contar los minutos porque cada momento litúrgico detenía mi atención. El mejor instante: cuando en medio de luces, humo, globos, campanas y un fuerte canto de aleluya revelaban la imagen de un Cristo resucitado, aquel mismo ante el cual días antes guardábamos silencio y ayuno. ¡Oh noche maravillosa, tú sola conociste la hora en que Cristo resucitó![1]

La experiencia años después fue tomando más luz y gracia en mí. Quien no ha vivido con intensidad una vigilia Pascual la noche del sábado santo, no ha experimentado realmente el sentido de la Pascua. Para ella nacimos y en ella se nos renueva el sentido de la muerte y la esperanza de la resurrección. Esta bendita noche es la proclamación del principio y fin de la vida cristiana.

Vive la transmisión de la Vigilia Pascual con enlace desde el Vaticano, y los comentarios especiales del Padre Carlos Yepes.

 

La Iglesia, que en silencio ha contemplado la muerte y la aparente ausencia del esposo, permanece con la esperanza de la promesa en la resurrección. El pregón pascual, entonado sólo en aquella vigilia, irrumpe con el fuego bendecido y entronizado en el cirio. Empieza a surgir en medio de nuestra oscuridad y nos recuerda que lo más seguro que tenemos en la vida no es la muerte, sino la resurrección. El agua, renueva el bautismo, donde rescatados del mal, pertenecemos a un mismo Padre que nos ama y abre para nosotros una vida de cielo. La Palabra, que parece no querer acabarse en su proclamación, nos anuncia el deseo eterno de un Dios que salva y quiere hacer alianza en la historia. Todo en aquella noche nos habla de salvación, de sentido y eternidad. Todo el triduo pascual nos ha conducido a aquella noche luminosa, donde Cristo ha marcado la existencia humana.

Hoy es necesario agudizar los sentidos a nuestra realidad de noche y oscuridad, de quietud y silencios. Es necesario dejarse irrumpir por la voz de Dios en lo que vivimos, conociendo la pascua como experiencia del amor, leer en la propia vida la experiencia de alianza con Dios y dejarse interpelar por la memoria pascual donde nos preguntamos como aquellas mujeres del evangelio: ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? (Mc16,3), ¿quién nos sacará de nuestras crisis y nuestras muertes? Aguardemos con esperanza, demos paso a la luz de Cristo, esta pascua es para ti, para mí, para recordar el amor, la libertad y la alegría que surgen de aquel que ha resucitado.

[1] El Pregón Pascual o Exultet, que se canta la noche de la vigilia pascual, ha de ser uno de los himnos más hermosos y emotivos de toda la liturgia romana pues canta el triunfo definitivo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, el triunfo de la luz del Salvador sobre las tinieblas que parecían haber vencido al rey de la vida. Cuenta además con la fuerza de una tradición antigua ya que se encuentran testimonios de su existencia desde el mismo siglo IV. https://es.catholic.net/op/articulos/61574/el-pregn-pascual-o-exultet.html#modal