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El misterio de la Cruz

Viernes Santo

Por: Johanna Londoño 

Desde la cruz, Jesús, en medio de sus sufrimientos consuela al que sufre, porque desde lo vivido hay más sensibilidad frente a los demás. Pues en el dolor encarnado hay facultad para el discernimiento de la voluntad del padre y el consuelo celestial.

Jesús cargó los pecados del mundo entero en la cruz, los asumió y los redimió. Encaró la maldad de la humanidad con un corazón de padre que acoge al que está perdido. Él, como nadie, conoce el sabor del sufrimiento cuando fue traicionado. Pasó por la tierra haciendo el bien y, a cambio, recibió incomprensiones, burlas, maltratos, y hasta la propia muerte.

Vive la transmisión del Viernes Santo con enlace desde el Vaticano y los comentarios especiales del Padre Carlos Yepes.

Nosotros, mientras tanto, somos analfabetas en esta área; no sabemos drenar el dolor hacia fuentes de aprendizaje, es decir, hacia Dios. Creemos ser expertos en resiliencia, pero Jesús, sabiendo que era verdadero Dios y verdadero hombre, clamó al Padre preguntando si no había otra manera menos dolorosa de cumplir su plan. Sin embargo, aceptó su voluntad y propósito, reconociendo que la victoria final estaba en la cruz.

Los días en la cruz no son eternos, pero la gloria de quién cree en su misterio de salvación sí lo es. Es que cuando Jesús dice que cada uno cargue su cruz y lo siga, se refiere, precisamente, a la finalidad y no el fin, es decir, a la eternidad y no la muerte.

El signo visible del madero plantado en el Gólgota es el signo más fehaciente del amor. Un amor que acompaña sin importar las circunstancias, un amor que toma de la mano y guía hacia el cielo, un amor que reconoce la tentación, pero manifiesta el poder de la verdad, un amor que descansa, que llena de paz, que enseña, que ilumina y trasciende lo terreno, porque “La cruz de Jesús es la palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo”. Papa Francisco

Y es que el misterio de la cruz solo puede ser comprendido desde la fe, con el auxilio del Espíritu Santo. De lo contrario, se hablaría de un sufrimiento castigador, juzgador, oportunista, pues quien carga con su cruz y no la asume, no puede ver la redención, porque solo lo que es asumido es redimido. 

Y es que solamente en Jesús podemos transformar nuestras heridas, cambiar nuestro lamento en baile, convertir el sin sabor en sabiduría, y nuestros pensamientos en certezas de fe concretas donde predomina el poder del amor de Dios anclado en el corazón. 

La cruz no es para temerle, es para tomarla y reconocer que ese dolor si no es vivido con Cristo se convierte en el más grande sufrimiento y sin sentido de vida. Al punto de llegar a paralizar todas las áreas de la existencia. Pero con Cristo somos más que vencedores y confiados en que Él es Emanuel, el eterno Dios con nosotros, a nada temeremos. Pues como lo dice hermosamente Pablo en la carta a los Romanos en el capítulo 8 «Estoy convencido de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente, ni lo futuro, ni lo más alto, ni lo más profundo, ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios. ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor!”