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Laudes I oración de la mañana I sábado 18 diciembre 2021

Laudes

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¡Señor, abre mis labios!
¡Y mi boca proclamará tu alabanza!

Salmo 99

Alegría de los que entran en el templo

Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
Aclama al Señor tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con aclamaciones.
Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
Sabed que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.
Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos dándole gracias y bendiciendo su nombre.
Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
El Señor es bueno su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.
Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.

Himno

Crece la luz bajo tu hermosa mano, Padre celeste, y suben los hombres matutinos al encuentro de Cristo Primogénito.

Él hizo amanecer ante tus ojos y enalteció la aurora cuando aún no estaba el hombre sobre el mundo para poder cantarla.

Él es principio y fin del universo, y el tiempo, en su caída, se acoge al que es la fuerza de las cosas y en él rejuvenece.

Él es quien nos reanima y fortalece, y hace posible el himno que, ante las maravillas de tus manos, cantamos jubilosos.

He aquí la nueva luz que asciende y busca su cuerpo misterioso; he aquí, en la claridad de la mañana, el signo de tu rostro.

Envía, Padre eterno, sobre el mundo el soplo de tu Hijo, potencia de tu diestra y primogénito de todos los que mueren.
Amén.

Salmodia

Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

Salmo 56:

Misericordia, Dios mío, misericordia, que mi alma se refugia en ti; me refugio a la sombra de tus alas mientras pasa la calamidad.

Invoco al Dios altísimo, al Dios que hace tanto por mí: desde el cielo me enviará la salvación, confundirá a los que ansían matarme, enviará su gracia y su lealtad.

Estoy echado entre leones devoradores de hombres; sus dientes son lanzas y flechas, su lengua es una espada afilada.

Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria.

Han tendido una red a mis pasos, para que sucumbiera; me han cavado delante una fosa, pero han caído en ella.

Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. Voy a cantar y a tocar: despierta, gloria mía; despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

Te daré gracias ante los pueblos, Señor; tocaré para ti ante las naciones:
por tu bondad, que es más grande que los cielos; por tu fidelidad, que alcanza a las nubes.

Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

«Mi pueblo se saciará de mis bienes», dice el Señor.

Cántico

Jeremías 31,10-14:

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciadla en las islas remotas:
«Él que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño;
porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte.»

Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor: hacia el trigo y el vino y el aceite, y los rebaños de ovejas y de vacas;
su alma será como un huerto regado, y no volverán a desfallecer.

Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas; alimentaré a los sacerdotes con enjundia, y mi pueblo se saciará de mis bienes.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

«Mi pueblo se saciará de mis bienes», dice el Señor.

Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

Salmo 47:

Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa, alegría de toda la tierra:

el monte Sión, vértice del cielo, ciudad del gran rey; entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar.

Mirad: los reyes se aliaron para atacarla juntos; pero, al verla, quedaron aterrados y huyeron despavoridos; allí los agarró un temblor y dolores como de parto; como un viento del desierto, que destroza las naves de Tarsis.

Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad del Señor de los ejércitos,
en la ciudad de nuestro Dios: que Dios la ha fundado para siempre.

Oh, Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo: como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra; tu diestra está llena de justicia: el monte Sión se alegra, las ciudades de Judá se gozan
con tus sentencias.

Dad la vuelta en torno a Sión, contando sus torreones; fijaos en sus baluartes, observad sus palacios, para poder decirle a la próxima generación:
«Éste es el Señor, nuestro Dios.» Él nos guiará por siempre jamás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

Lectura breve

Is 66,1-2

Así dice el Señor: «El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies: ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso? Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío -oráculo del Señor-. En ese pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.»

Responsorio breve

V/. Te invoco de todo corazón, respóndeme, Señor.
R/. Te invoco de todo corazón, respóndeme, Señor.
V/. Guardaré tus leyes.
R/. Respóndeme, Señor.
V/. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/. Te invoco de todo corazón, respóndeme, Señor.

Cántico Evangélico

Sirvamos al Señor con santidad, y nos librará de nuestros enemigos.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo, por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

Sirvamos al Señor con santidad, y nos librará de nuestros enemigos.

Preces

Demos gracias a Cristo, que nos ha dado la luz del día, y supliquémosle, diciendo:

Bendícenos y santifícanos, Señor

Tú que te entregaste como víctima por nuestros pecados,
acepta los deseos y proyectos de este día.
Bendícenos y santifícanos, Señor

Tú que nos alegras con la claridad del nuevo día,
sé tú mismo el lucero brillante de nuestros corazones.
Bendícenos y santifícanos, Señor

Haz que seamos bondadosos y comprensivos con los que nos rodean,
para que logremos así ser imágenes de tu bondad.
Bendícenos y santifícanos, Señor

En la mañana haznos escuchar tu gracia,
y que tu gozo sea hoy nuestra fortaleza.
Bendícenos y santifícanos, Señor

Fieles a la recomendación del Salvador, digamos con filial confianza:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

Oración final

Dios todopoderoso y eterno, humildemente acudimos a ti al empezar el día, a media jornada y al atardecer, para pedirte que, alejando de nosotros las tinieblas del pecado, nos hagas alcanzar la luz verdadera que es Cristo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
Amén.

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.

A Ti, celestial Princesa,
Virgen Sagrada María,
yo te ofrezco en este día
alma, vida y corazón.

Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.
Amen.

 

 

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