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Laudes I oración de la mañana I miércoles 12 mayo 2021

Laudes

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Salmo 23:

Entrada solemne de Dios en su templo.
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe, y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
El hombre de manos inocentes, y puro corazón, que no confía en los ídolos ni jura contra el prójimo en falso; ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación.
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
Este es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
¡Portones!, alzad los dinteles, levantaos puertas antiguas: va a entrar el Rey de la gloria.
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra.
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
¡Portones!, alzad los dinteles, Levantaos puertas antiguas: va a entrar el Rey de la gloria.
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos. Él es el Rey de la gloria.
Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Himno:

Gloriosa aurora de este nuevo día, despierta en nuestras almas la alegría de ver nuestro Señor glorificado, vencidos ya la muerte y el pecado.

Jesús llena de luz el mundo entero; de cuantos vivirán, él el primero entró en la luz de eternas claridades, glorioso ya sin fin de eternidades.

Torrente de alegría, salte y fluya el grito jubiloso de aleluya, los hombres y los pueblos lo repitan, sus vidas en el Cristo resucitan.

Jesús, presente y vivo en tus hermanos, acoge nuestras manos en tus manos, conduce el caminar de nuestras vidas
por sendas de vivir ya redimidas.

Recibe, Padre Santo, la alabanza del pueblo que te aclama en la esperanza de ser junto a tu Hijo eternamente reunido por tu Espíritu clemente.

¡Amén!

Salmodia

Te vio el mar, oh Dios, mientras guiabas a tu pueblo por las aguas caudalosas. Aleluya.
Salmo 76:
Alzo mi voz a Dios gritando, alzo mi voz a Dios para que me oiga.

En mi angustia te busco, Señor mío; de noche extiendo las manos sin descanso,
y mi alma rehusa el consuelo. Cuando me acuerdo de Dios, gimo, y meditando me siento desfallecer.

Sujetas los párpados de mis ojos, y la agitación no me deja hablar. Repaso los días antiguos, recuerdo los años remotos; de noche lo pienso en mis adentros, y meditándolo me pregunto:

«¿Es que el Señor nos rechaza para siempre y ya no volverá a favorecernos?
¿Se ha agotado ya su misericordia, se ha terminado para siempre su promesa?
¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad, o la cólera cierra sus entrañas?»

Y me digo: «¡Qué pena la mía! ¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!»
Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos, medito todas tus obras y considero tus hazañas.

Dios mío, tus caminos son santos: ¿Qué dios es grande como nuestro Dios?

Tú, oh Dios, haciendo maravillas, mostraste tu poder a los pueblos; con tu brazo rescataste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José.

Te vio el mar, oh Dios, te vio el mar y tembló, las olas se estremecieron.

Las nubes descargaban sus aguas, retumbaban los nubarrones, tus saetas zigzagueaban.

Rodaba el fragor de tu trueno, los relámpagos deslumbraban el orbe, la tierra retembló estremecida.

Tú te abriste camino por las aguas, un vado por las aguas caudalosas, y no quedaba rastro de tus huellas.

Mientras guiabas a tu pueblo, como a un rebaño, por la mano de Moisés y de Aarón.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Te vio el mar, oh Dios, mientras guiabas a tu pueblo por las aguas caudalosas. Aleluya.

El Señor da la muerte y la vida. Aleluya.

Cántico:

1ra de Samuel 2,1-10

Mi corazón se regocija por el Señor, mi poder se exalta por Dios; mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación. No hay santo como el Señor, no hay roca como nuestro Dios.

No multipliquéis discursos altivos, no echéis por la boca arrogancias, porque el Señor es un Dios que sabe; él es quien pesa las acciones.

Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor; los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos no tiene ya que trabajar; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos se marchita.

El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece.

Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y que herede un trono de gloria; pues del Señor son los pilares de la tierra, y sobre ellos afianzó el orbe.

Él guarda los pasos de sus amigos, mientras los malvados perecen en las tinieblas, porque el hombre no triunfa por su fuerza.

El Señor desbarata a sus contrarios, el Altísimo truena desde el cielo, el Señor juzga hasta el confín de la tierra.
Él da fuerza a su Rey, exalta el poder de su Ungido.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

El Señor da la muerte y la vida. Aleluya.

Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Aleluya.

Salmo 96:

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono.

Delante de él avanza fuego, abrasando en torno a los enemigos; sus relámpagos deslumbran el orbe, y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan, los que ponen su orgullo en los ídolos;
ante él se postran todos los dioses.

Lo oye Sión, y se alegra, se regocijan las ciudades de Judá
por tus sentencias, Señor.

Porque tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses.

El Señor ama al que aborrece el mal, protege la vida de sus fieles y los libra de los malvados.

Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Aleluya.

Lectura breve:

Rm 6,8-11
Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Responsorio breve:

El Señor ha resucitado del sepulcro. El Señor ha resucitado del sepulcro.
Él, que por nosotros colgó del madero. Ha resucitado del sepulcro.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. El Señor ha resucitado del sepulcro.

Cántico evangélico:

Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Aleluya.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre: Abraham.

Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Aleluya.

Preces:

Dirijámonos a Dios, que hizo ver a Jesús resucitado a los apóstoles, y digámosle suplicantes:
Ilumínanos, Señor, con la claridad de Cristo.
Dios, Padre de los astros, te aclamamos con acción de gracias en esta mañana, porque nos has llamado a entrar en tu luz maravillosa.
Y te has compadecido de nosotros.
Haz, Señor, que la fuerza del Espíritu Santo nos purifique y nos fortalezca.
Para que trabajemos por hacer más humana la vida de los hombres.
Haz que nos entreguemos de tal modo al servicio de nuestros hermanos.
Que logremos hacer de la familia humana una ofrenda agradable a tus ojos.
Llénanos, desde el principio de este nuevo día, de tu misericordia.
Para que en toda nuestra jornada encontremos nuestro gozo en alabarte.

Terminemos nuestra oración diciendo juntos las palabras del Señor y pidiendo al Padre que nos libre de todo mal:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo;
danos, hoy, nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

¡Amén!

Oración final:

Escucha, Señor, nuestra oración y concédenos que así como celebramos en la fe la gloriosa resurrección de Jesucristo, así también, cuando él vuelva con todos sus santos, podamos alegrarnos con su victoria.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos.
¡Amén!

El Señor nos bendiga, y nos guarde de todo mal, y nos lleve a la vida eterna.
¡Amén!

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.