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Laudes I oración de la mañana I sábado 27 de marzo 2021

Laudes

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¡Señor, abre mis labios!

¡Y mi boca proclamará tu alabanza!

Salmo 94

Invitación a la alabanza divina.

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón.

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia, dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón.

Porque el Señor es un Dios grande, soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las cimas de la Tierra, son suyas las cumbres de los montes.

Suyo es el mar, porque él lo hizo, la tierra firme que modelaron sus manos.

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón.

Venid, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón.

Ojalá escuchéis, hoy, su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masah en el desierto: cuando vuestros padres me pusieron a prueba,

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras».

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón.

Durante cuarenta años aquella generación me repugnó, y dije:

«Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso».

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón.

Himno:

Los hombros traigo cargados de graves culpas, mi Dios; dadme esas lágrimas vos y tomad estos pecados.

Yo soy quien ha de llorar, por ser acto de flaqueza; que no hay en naturaleza más flaqueza que el pecar.

Y, pues andamos trocados, que yo peco y lloráis vos, dadme esas lágrimas vos y tomad estos pecados.

Vos sois quien cargar se puede estas mis culpas mortales, que la menor destas tales a cualquier peso excede.

Y, pues que son tan pesados aquestos yerros, mi Dios, dadme esas lágrimas vos y tomad estos pecados.

Al Padre, al Hijo, al Amor, alegres cantad, criaturas, y resuene en las alturas

toda gloria y todo honor.

¡Amén!

Salmodia:

Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio.

Salmo 118, 145-152:

Te invoco de todo corazón: respóndeme, Señor, y guardaré tus leyes; a ti grito: sálvame, y cumpliré tus decretos; me adelanto a la aurora pidiendo auxilio, esperando tus palabras.

Mis ojos se adelantan a las vigilias, meditando tu promesa; escucha mi voz por tu isericordia, con tus mandamientos dame vida; ya se acercan mis inicuos perseguidores, están lejos de tu voluntad.

Tú, Señor, estás cerca, y todos tus mandatos son estables; hace tiempo comprendí que tus preceptos los fundaste para siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación.

Exodo 15,1-4.8-13.17-18

Cantaré al Señor, sublime es su victoria, caballos y carros ha arrojado en el mar.

Mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi salvación.

Él es mi Dios: yo lo alabaré; el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré.

El Señor es un guerrero, su nombre es «El Señor».

Los carros del Faraón los lanzó al mar, ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes.

Al soplo de tu nariz, se amontonaron las aguas, las corrientes se alzaron como un dique, las olas se cuajaron en el mar.

Decía el enemigo: «Los perseguiré y alcanzaré, repartiré el botín, se saciará mi codicia, empuñaré la espada, los agarrará mi mano».

Pero sopló tu aliento, y los cubrió el mar, se hundieron como plomo en las aguas formidables.

¿Quién como tú, Señor, entre los dioses? ¿Quién como tú, terrible entre los santos, temible por tus proezas, autor de maravillas?

Extendiste tu diestra: se los tragó la tierra; guiaste con misericordia a tu pueblo rescatado, los llevaste con tu poder hasta tu santa morada.

Lo introduces y lo plantas en el monte de tu heredad, lugar del que hiciste tu trono, Señor; santuario, Señor, que fundaron tus manos. El Señor reina por siempre jamás.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Alabad al Señor, todas las naciones.

Salmo 116:

Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Alabad al Señor, todas las naciones.

Lectura breve:

Is 65,1b-3a

Decía: “Aquí estoy, aquí estoy”, al pueblo que no invocaba mi nombre. Tenía mis manos extendidas todo el día hacia un pueblo rebelde, que andaba por el mal camino, siguiendo sus antojos, pueblo que me provocaba en la cara, continuamente.

Responsorio breve:

Él me librará de la red del cazador. Él me librará de la red del cazador. Me cubrirá con sus plumas. De la red del cazador. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Él me librará de la red del cazador.

Cántico evangélico:

Jesús murió para reunir a los hijos de Dios dispersos. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre:  Abraham.

Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Jesús murió para reunir a los hijos de Dios dispersos.

Preces:

Glorifiquemos a Cristo, que, para hacer de nosotros criaturas nuevas, ha instituido el baño del bautismo y nos alimenta con su palabra y su cuerpo, y supliquémosle diciendo:

Renuévanos con tu gracia, Señor.

Señor Jesús, tú que eres manso y humilde de corazón, danos entrañas de misericordia, bondad y humildad.

Y haz que tengamos paciencia con todos.

Que sepamos ayudar a los necesitados y consolar a los que sufren.

Para imitarte a ti, el buen Samaritano.

Que María, la Virgen Madre, interceda por las vírgenes que se han consagrado a tu servicio.

Para que vivan su virginidad en bien de la Iglesia.

Concédenos la abundancia de tu misericordia.

Y perdona la multitud de nuestros pecados y el castigo que por ellos merecemos.

Con la misma confianza que tienen los hijos con su padres, acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo;

danos, hoy,  nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

Oración final:

Señor, tú que realizas sin cesar la salvación de los hombres y concedes a tu pueblo, en los días de Cuaresma, gracias más abundantes, dígnate mirar con amor a tus elegidos y concede tu auxilio protector a los catecúmenos y a los no bautizados.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos.

¡Amén!

El Señor nos bendiga, y nos guarde de todo mal, y nos lleve a la vida eterna.

¡Amén!

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.