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Laudes I oración de la mañana I viernes 18 junio 2021

Laudes

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¡Señor, abre mis labios!
¡Y mi boca proclamará tu alabanza!

Salmo 66:

¡Qué todos los pueblos alaben al Señor!
Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.
El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.
Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.
¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.
Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.
Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.
¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.
La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.
Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Himno:

Creador sempiterno de las cosas, que gobiernas las noches y los días, y, alternando la luz y las tinieblas, alivias el cansancio de la vida.

Pon tus ojos, Señor, en quien vacila, que a todos corrija tu mirada: con ella sostendrás a quien tropieza y harás que pague su delito en lágrima.

Alumbra con tu luz nuestros sentidos,
desvanece el sopor de nuestras mentes, y sé el primero a quien, agradecidas, se eleven nuestras voces cuando suenen.

Glorificado sea el Padre eterno, así como su Hijo, Jesucristo, y así como el Espíritu Paráclito, ahora y por los siglos de los siglos.

¡Amén!

Salmodia

Contra ti, contra ti solo pequé, Señor, ten misericordia de mí.
Salmo 50:
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente. Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.

¡Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios, Salvador mío!, y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Contra ti, contra ti solo pequé, Señor, ten misericordia de mí.

Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

Cántico:

Jeremías 14,17-21
Mis ojos se deshacen en lágrimas, día y noche no cesan: por la terrible desgracia de la Doncella de mi pueblo, una herida de fuertes dolores.

Salgo al campo: muertos a espada; entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país.

¿Por qué has rechazado del todo a Judá? ¿Tiene asco tu garganta de Sión? ¿Por qué nos has herido sin remedio? Se espera la paz, y no hay bienestar, al tiempo de la cura sucede la turbación.

Señor, reconocemos nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres, porque pecamos contra ti.

No nos rechaces, por tu nombre, no desprestigies tu trono glorioso; recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

El Señor es Dios, y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Salmo 99:

Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.
Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.

El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

El Señor es Dios, y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Lectura breve:

2Co 12,9b-10
Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Responsorio breve:

En la mañana hazme escuchar tu gracia. En la mañana hazme escuchar tu gracia.
Indícame el camino que he de seguir. Hazme escuchar tu gracia. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. En la mañana hazme escuchar tu gracia.

Cántico evangélico:

El Señor ha visitado y redimido a su pueblo.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre: Abraham.

Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

El Señor ha visitado y redimido a su pueblo.

Preces:

Elevemos los ojos a Cristo, que nació, murió y resucitó por su pueblo, diciendo confiados:
Salva, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

Te bendecimos, Señor, a ti que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz y nos redimiste con tu preciosa sangre.
Salva, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

Tú que prometiste a los que en ti creyeran un agua que salta hasta la vida eterna, derrama tu Espíritu sobre todos los hombres.
Salva, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.
Tú que enviaste a los discípulos a predicar el Evangelio, ayúdalos para que extiendan la victoria de la cruz.
Salva, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

A los enfermos y a todos los que has asociado a los sufrimientos de tu pasión, concédeles fortaleza y paciencia.
Salva, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

Llenos del Espíritu de Jesucristo, acudamos a nuestro Padre común, diciendo:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo; danos, hoy, nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

Oración final:

Ilumina, Señor, nuestros corazones y fortalece nuestras voluntades, para que sigamos siempre el camino de tus mandatos, reconociéndote como nuestro guía y maestro.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu hijo, que contigo vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos.
¡Amén!

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal, y nos lleve a la vida eterna.
¡Amén!

Salve, Reina de los cielos y Señora de los Ángeles; salve raíz, salve puerta que dio paso a nuestra luz; alégrate, Virgen Gloriosa, entre todas la más bella; salve, agraciada Doncella, ruega a Cristo por nosotros.