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Oficio de lectura – domingo 08 mayo 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya

Himno

Oh perpetuo Pastor, que purificas a tu grey con las aguas bautismales, en las que hallan limpieza nuestras mentes y sepulcro final nuestras maldades.

Oh tú que, al ver manchada nuestra especie por obra del demonio y de sus fraudes, asumiste la carne de los hombres y su forma perdida reformaste.

Oh tú que, en una cruz clavado un día, llegaste por amor a extremos tales, que pagaste la deuda de los hombres con el precio divino de tu sangre.

Oh Jesucristo, libra de la muerte a cuantos hoy reviven y renacen, para que seas el perenne gozo pascual de nuestras mentes inmortales.

Gloria al Padre celeste y gloria al Hijo, que de la muerte resurgió triunfante, y gloria con entrambos al divino Paracleto, por los siglos incesantes. Amén.

Salmodia

Ant 1. Aleluya. La piedra ha sido removida de la entrada del sepulcro. Aleluya.

Salmo 23

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación.

Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles, levantaos, puertas antiguas: va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles, levantaos, puertas antiguas: va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos. Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant 1. Aleluya. La piedra ha sido removida de la entrada del sepulcro. Aleluya.

Ant 2. Aleluya. ¿A quién buscas, mujer?, ¿al que está vivo entre los muertos? Aleluya.

Salmo 65

Aclama al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria.

Decid a Dios: «¡Qué terribles son tus obras por tu inmenso poder tus enemigos se rinden!»

Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre.

Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres: transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río.

Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente; sus ojos vigilan las naciones, para que no se subleven los rebeldes.

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, haced resonar sus alabanzas, porque él nos ha devuelto la vida y no dejó que tropezaran nuestros pies.

¡Oh Dios!, nos pusiste a prueba, nos refinaste como refinan la plata; nos empujaste a la trampa, nos echaste a cuestas un fardo: sobre nuestro cuello cabalgaban, pasamos por fuego y por agua, pero nos has dado respiro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant 2. Aleluya. ¿A quién buscas, mujer?, ¿al que está vivo entre los muertos? Aleluya.

Ant 3. Aleluya. No llores, María; ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 65

Entraré en tu casa con víctimas, para cumplir mis votos: los que pronunciaron mis labios y prometió mi boca en el peligro.

Te ofreceré víctimas cebadas, te quemaré carneros, inmolaré bueyes y cabras.

Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo: a él gritó mi boca y lo ensalzó mi lengua.

Si hubiera tenido yo mala intención, el Señor no me habría escuchado; pero Dios me escuchó, y atendió a mi voz suplicante.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica ni me retiró su favor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant 3. Aleluya. No llores, María; ha resucitado el Señor. Aleluya.

Versículo

V. Mi corazón se alegra. Aleluya.
R. Y te canto agradecido. Aleluya.

Primera Lectura

De los Hechos de los apóstoles
12, 1-23

Por aquel tiempo, el rey Heredes se apoderó de algunos fieles de la Iglesia con el fin de hacerles daño, e hizo morir por la espada a Santiago, hermano de Juan. Y, viendo que esto era del agrado de los judíos, resolvió prender también a Pedro. Era por los días de los panes ázimos. Una vez que se apoderó de él, lo hizo meter en la cárcel y lo puso bajo la vigilancia de cuatro escuadras de cuatro soldados cada una. Tenía el propósito de hacerlo comparecer en juicio ante el pueblo después de la Pascua. Mientras Pedro estaba detenido en la cárcel, la Iglesia oraba incesantemente por él.

La noche anterior al día en que Herodes iba a hacerlo comparecer en su tribunal, se hallaba Pedro atado con dos cadenas y durmiendo entre dos soldados. Mientras tanto, los centinelas hacían guardia ante las puertas de la cárcel. De repente, se presentó un ángel del Señor, y el calabozo se llenó de luz. El ángel tocó a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo:

«Levántate en seguida.»

Y, al momento, cayeron las cadenas de sus manos. Le dijo el ángel:
«Ponte el ceñidor y las sandalias.» Él obedeció. En seguida el ángel añadió: «Envuélvete en tu manto y sigúeme.»

Salió Pedro fuera, detrás de él; pero no se daba cuenta de si era realidad lo que estaba haciendo el ángel; le parecía que estaba viendo un sueño. Después de atravesar la primera y segunda guardia, llegaron a la puerta
de hierro que daba a la ciudad; la puerta se abrió por sí misma. Salieron y avanzaron por una calle, y, de pronto, el ángel desapareció. Pedro, dándose cuenta de la realidad, exclamó:

«Ahora comprendo verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de las garras de Herodes y de todo lo que el pueblo judío esperaba.»

Después de pensar un momento, se dirigió a casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde había muchos fieles reunidos en oración. Golpeó la puerta del vestíbulo, y salió a abrir una criada, llamada Rodé. Ésta, al reconocer la voz de Pedro, fuera de sí de alegría, no abrió la puerta, sino que entró corriendo a avisar que Pedro estaba en el vestíbulo. Ellos le dijeron: «Tú estás loca.»

Pero ella afirmaba con insistencia que era verdad. Entonces dijeron:

«Será su ángel.»

Mientras tanto, Pedro seguía llamando. Abrieron por fin y, al verlo, quedaron estupefactos. Haciéndoles señas con la mano de que callasen, les contó cómo el Señor lo había sacado de la cárcel. Luego añadió:

«Comunicad esto a Santiago y a los demás hermanos.»

Y se marchó a otro lugar. Cuando se hizo de día, se produjo gran alarma entre los soldados, porque no sabían qué había sido de Pedro. Heredes lo hizo buscar y, al no hallarlo, sometió a interrogatorio a los guardias y los mandó ajusticiar. Luego, bajó de Judea a Cesárea y se quedó allí. Estaba muy irritado contra los tirios y los sidonios. Éstos, de común acuerdo, vinieron a presentarse ante él, y, por medio de Blasto, tesorero real, a quien se habían ganado con dinero, pidieron hacer las paces; pues el país de los tirios y los sidonios dependía económicamente del territorio real de Herodes. El día señalado, Herodes, vestido regiamente y sentado en su trono, les dirigió una alocución. Y el pueblo allí reunido comenzó a decir a grandes voces: «Es un dios, no un hombre, el que está hablando.»

Pero, al instante, lo hirió un ángel del Señor, porque no había dado gloria a Dios; y luego, comido de gusanos, expiró.

Responsorio

R. Levántate, Pedro, y vístete; recibe la fortaleza para salvar a las naciones. * Porque han caído las cadenas de tus manos. Aleluya.

V. Se presentó un ángel del Señor, y el calabozo se llenó de luz. El ángel tocó a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo: «Levántate en seguida.»

R. Porque han caído las cadenas de tus manos. Aleluya.

Segunda Lectura

De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios Yo soy el buen Pastor, y conozco a mis ovejas, es decir, las amo, y ellas me conocen a mí. Es como si dijese con toda claridad: «Los que me aman me obedecen.» Pues el que no ama la verdad es que todavía no la conoce.

Ya que habéis oído, hermanos, cuál sea nuestro peligro, pensad también, por estas palabras del Señor, cuál es el vuestro. Ved si sois verdaderamente ovejas suyas, ved si de verdad lo conocéis, ved si percibís la luz de la verdad. Me refiero a la percepción no por la fe, sino por el amor y por las obras. Pues el mismo evangelista Juan, de quien son estas palabras, afirma también: Quien dice: «Yo conozco a Dios», y no guarda sus mandamientos, miente.

Por esto el Señor añade, en este mismo texto: Como el Padre me conoce a mí, yo conozco al Padre y doy mi vida por mis ovejas, lo que equivale a decir: «En esto consiste mi conocimiento del Padre y el conocimiento que el Padre tiene de mí, en que doy mi vida por mis ovejas; esto es, el amor que me hace morir por mis ovejas demuestra hasta qué punto amo al Padre.»

Referente a sus ovejas, dice también: Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy vida eterna, Y un poco antes había dicho también acerca de ellas: El que entre por mí se salvará, disfrutará de libertad para entrar y salir, y encontrará pastos abundantes. Entrará, en efecto, al abrirse a la fe, saldrá al pasar de la fe a la visión y la contemplación, encontrará pastos en el banquete eterno.

Sus ovejas encontrarán pastos, porque todo aquel que lo sigue con un corazón sencillo es alimentado con un pasto siempre verde. ¿Y cuál es el pasto de estas ovejas, sino el gozo íntimo de un paraíso siempre lozano? El pasto de los elegidos es la presencia del rostro de Dios, que, al ser contemplado ya sin obstáculo alguno, sacia para siempre el espíritu con el alimento de vida.

Busquemos, pues, queridos hermanos, estos pastos, para alegrarnos en ellos junto con la multitud de los ciudadanos del cielo. La misma alegría de los que ya disfrutan de este gozo nos invita a ello. Por tanto, hermanos, despertemos nuestro espíritu, enardezcamos nuestra fe, inflamemos nuestro deseo de las cosas celestiales; amar así es ponernos ya en camino.

Que ninguna adversidad nos prive del gozo de esta fiesta interior, porque al que tiene la firme decisión de llegar a término ningún obstáculo del camino puede frenarlo en su propósito. No nos dejemos seducir por la prosperidad, ya que sería un caminante insensato el que, contemplando la amenidad del paisaje, se olvidara del término de su camino.

Responsorio

R. Resucitó el buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas; él se dignó morir por su rebaño. Aleluya.

V. Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado.

R. Él se dignó morir por su rebaño. Aleluya.

Himno Final

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos, a ti nuestra alabanza, a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles, la multitud de los profetas te enaltece, y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa, por los confines extendida, con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo, Hijo eterno, unigénito de Dios, Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria, tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre, tomaste la condición de esclavo en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora, inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día, como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino, con tus santos elegidos.

Salva a tu pueblo, Señor, y bendice a tu heredad.

Sé su pastor, y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor, guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

A ti, Señor me acojo, no quede yo nunca defraudado.

Oración.

Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo, te pedimos que nos lleves a gozar de las alegrías celestiales, para que así llegue también el humilde rebaño hasta donde penetró su victorioso Pastor. Que vive y
reina contigo.

Conclusión.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.