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Oficio de lectura – domingo 19 junio 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor date prisa en socorrerme.

Himno

Aquella noche santa, te nos quedaste nuestro, con angustia tu vida, sin heridas tu cuerpo.

Te nos quedaste vivo, porque ibas a ser muerto; porque iban a romperte,
te nos quedaste entero. Gota a gota tu sangre, grano a grano tu cuerpo:
un lagar y un molino en dos trozos de leño.

Aquella noche santa, te nos quedaste nuestro.

Te nos quedaste todo: amor y sacramento, ternura prodigiosa, todo en ti, tierra y cielo. Te quedaste conciso, te escondiste concreto, nada para el sentido, todo para el misterio.

Aquella noche santa, te nos quedaste nuestro.

Vino de sed herida, trigo de pan hambriento, toda tu hambre cercana, tú, blancura de fuego. En este frío del hombre y en su labio reseco,
aquella noche santa, te nos quedaste nuestro.

Te adoro, Cristo oculto, te adoro, trigo tierno. Amén.

Salmodia

Ant. 1 Decid a los inválidos: «Tengo ya preparado el banquete, venid a las bodas.» Aleluya.

Salmo 22

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Decid a los inválidos: «Tengo ya preparado el banquete, venid a las bodas.» Aleluya.

Ant. 2 El que tenga sed que venga a mí y que beba en la fuente eterna.

Salmo 41

Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti. Dios mío;

tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Las lágrimas son mi pan noche y día, mientras todo el día me repiten: «¿Dónde está tu Dios?»

Recuerdo otros tiempos, y mi alma desfallece de tristeza: cómo marchaba a la cabeza del grupo, hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta.

¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío.»

Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo, desde el Jordán y el Hermón y el Monte Menor.

Una sima grita a otra sima con voz de cascadas: tus torrentes y tus olas me han arrollado.

De día el Señor me hará misericordia, de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida.

Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué me olvidas? ¿Por qué voy andando sombrío, hostigado por mi enemigo?

Se me rompen los huesos por las burlas del adversario; todo el día me preguntan: «¿Dónde está tu Dios?»

¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 El que tenga sed que venga a mí y que beba en la fuente eterna.

Ant. 3 El Señor nos alimentó con flor de harina, nos sació con miel silvestre.

Salmo 80

Aclamad a Dios, nuestra fuerza; dad vítores al Dios de Jacob: acompañad, tocad los panderos, las cítaras templadas y las arpas; tocad la trompeta por la luna nueva, por la luna llena, que es nuestra fiesta;

porque es una ley de Israel, un precepto del Dios de Jacob, una norma establecida para José al salir de Egipto.

Oigo un lenguaje desconocido: «Retiré sus hombros de la carga, y sus manos dejaron la espuerta.

Clamaste en la aflicción, y te libré, te respondí oculto entre los truenos, te puse a prueba junto a la fuente de Meribá. Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti; ¡ojalá me escuchases, Israel!

No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto; abre tu boca y yo la saciaré.

Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios; los que aborrecen al Señor te adularían, y su suerte quedaría fijada; te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 El Señor nos alimentó con flor de harina, nos sació con miel silvestre.

Versículo

V. La Sabiduría se ha construido su casa. Aleluya.
R. Ha mezclado el vino y puesto la mesa. Aleluya.

Primera Lectura

Del libro del Éxodo 24, 1-11

En aquellos días, dijo Dios a Moisés:

«Sube hacia mí con Aarón, Nadab, Abihú y los setenta ancianos de Israel, prosternaos a distancia. Después se acercará Moisés solo, ellos no se acercarán; tampoco el pueblo subirá con ellos.»

Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que le había dicho el Señor, todos sus mandatos, y el pueblo contestó a una:

«Haremos todo lo que dice el Señor.»

Entonces Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas por las doce tribus de Israel. Mandó luego a algunos jóvenes israelitas que ofreciesen holocaustos e inmolasen vacas como sacrificio de comunión para el Señor. Después tomó la mitad de la sangre y la echó en recipientes, y con la otra roció el altar. Tomó en seguida el documento del pacto y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió:

«Haremos todo lo que manda el Señor y obedeceremos.»
Moisés tomó el resto de la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo:

«Ésta es la sangre de la alianza que el Señor hace con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras.»

Subieron Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta ancianos de Israel, y vieron al Dios de Israel. Bajo sus pies había como un pavimento de zafiro, tan puro como el mismo cielo cuando está sereno. Dios no extendió la mano contra los notables de Israel, los cuales pudieron contemplar a Dios y después comieron y bebieron.

Responsorio

R. Yo soy el pan de vida; vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo para que quien lo coma no muera.

V. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; todo el que coma de este pan vivirá eternamente.

R. Éste es el pan que baja del cielo para que quien lo coma no muera.

Segunda lectura

De las Obras de santo Tomás de Aquino, presbítero

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiritual en su misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memo- rial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

Responsorio

R. Reconoced en el pan al mismo que pendió en la cruz; reconoced en el cáliz la sangre que brotó de su costado. Tomad, pues, y comed el cuerpo de Cristo; tomad y bebed su sangre. Sois ya miembros de Cristo.

V. Comed el vínculo que os mantiene unidos, no sea que os disgreguéis; bebed el precio de vuestra redención, no sea que os depreciéis.

R. Sois ya miembros de Cristo.

Himno Final

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos, a ti nuestra alabanza, a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles, la multitud de los profetas te enaltece, y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa, por los confines extendida, con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo, Hijo eterno, unigénito de Dios, Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria, tú el Hijo y Palabra del Padre, tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre, tomaste la condición de esclavo en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora, inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día, como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino, con tus santos elegidos.

Salva a tu pueblo, Señor, y bendice a tu heredad.

Sé su pastor, y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor, guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

A ti, Señor me acojo, no quede yo nunca defraudado para siempre.

Oración.

Señor nuestro Jesucristo, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas..

Conclusión.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.