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Oficio de lectura – domingo 26 julio 2026

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.

Jesús es el que viene y que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.

Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.

El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.

Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella. Amén.

SALMODIA

Ant. 1 El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.

– Salmo 1 –

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto a su tiempo
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán,
ni los pecadores en la asamblea de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.

Ant. 2 Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión, mi
monte santo.

Salmo 2

¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?

Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
«Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo.»

El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
«Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo.»

Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi Hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza.»

Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de protno su ira.
¡Dichosos los que se refugian en él!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión, mi
monte santo.

Ant. 3 Tú, Señor, eres mi escudo y mantienes alta mi cabeza.

-Salmo 3-

Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí:
«Ya no lo protege Dios.»

Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tu mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo.

Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor.

Levántate, Señor;
sálvame, Dios mío:
tu golpeaste a mis enemigos en la mejilla,
rompiste los dientes de los malvados.

De ti, Señor, viene la salvación
y la bendición sobre tu pueblo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Tú, Señor, eres mi escudo y mantienes alta mi cabeza.

VERSÍCULO

V. La palabra de Cristo habite con toda riqueza
en vosotros.
R. Exhortándoos mutuamente con toda sabiduría.

PRIMERA LECTURA

Del libro de Job
28, 1-28

Job tomó la palabra y dijo:

«Tiene la plata un venero, el oro un lugar donde se
afina, el hierro se extrae de la tierra y al fundirse la pie-
dra sale el bronce.

Un límite pone el hombre a las tinieblas, sondea, has-
ta los últimos rincones, las grutas más lóbregas y oscu-
ras, perfora galerías inaccesibles, olvidadas del viajero,
y oscila suspendido, lejos de los hombres.

La tierra que da pan se trastorna con fuego subterrá-
neo; sus piedras son yacimientos de zafiros, almendras
de oro contienen sus terrones. Su sendero es ignorado
por el buitre, no lo divisa el ojo del halcón, no lo hue-
llan las fieras arrogantes, no lo pisa el león.

El hombre echa mano al pedernal, descuaja las mon-
tañas de raíz; y abre galerías en la roca, atenta la mira-
da a todo lo precioso; explora los hontanares de los
ríos y saca a luz riquezas escondidas.

Pero la sabiduría, ¿de dónde se saca?, ¿dónde está el
yacimiento de la prudencia?

El hombre no conoce su precio, no se la encuentra
en la tierra de los vivos. Dice el abismo: «No está en
mí», y el mar responde: «Conmigo no se encuentra.»

No se da a cambio de oro ni se le pesa la plata como
precio, no se paga con el oro de Ofir, con ónices precio-
sos o zafiros; el oro y el vidrio no la igualan ni se paga
con vasos de oro fino; no cuentan el cristal ni los cora-
les y adquirirla cuesta más que las perlas; no la iguala
el topacio de Etiopía ni se compara con el oro más puro.

¿De dónde se saca la sabiduría?, ¿dónde está el yaci-
miento de la prudencia?

Se oculta a los ojos de las fieras y se esconde a los
pájaros del cielo. La muerte y el abismo lo confiesan:
«Sólo de oídas su fama conocemos.»

Sólo Dios conoce su camino y el lugar donde está su
yacimiento, pues él contempla los límites del orbe y ve
cuanto existe bajo él cielo. Cuando al viento señaló su
peso y definió la medida de las aguas, cuando impuso
sus leyes a la lluvia y su ruta al relámpago y al trueno,
entonces la vio y la calculó, y la escrutó hasta el fondo.
Y dijo al hombre: «Temer al Señor es sabiduría, y
apartarse del mal, inteligencia.»»

Responsorio

R. Nosotros enseñamos una sabiduría divina, misterio-
sa, escondida, * predestinada por Dios antes de los
siglos para nuestra gloria.

V. Vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que
Dios ha hecho para nosotros sabiduría.

R. Predestinada por Dios antes de los siglos para nues-
tra gloria.

SEGUNDA LECTURA

De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre
la segunda carta a los Corintios

Nuevamente vuelve Pablo a hablar de la caridad, para
atemperar la aspereza de su reprensión. Pues, después
que los ha reprendido y les ha echado en cara que no lo
aman como él los ama, sino que, separándose de su amor,
se han juntado a otros hombres perniciosos, por segunda
vez suaviza la dureza de su reprensión, diciendo: Dadnos
amplio lugar en vuestro corazón, esto es: «Amadnos».
El favor que pide no es en manera alguna gravoso, y es
un favor de más provecho para el que lo da que para el
que lo recibe. Y no dice: «Amadnos», sino: Dadnos am-
plio lugar en vuestro corazón, expresión que incluye un
matiz de compasión.

«¿Quién —dice— nos ha echado fuera de vuestra men-
te? ¿Quién nos ha arrojado de ella? ¿Cuál es la causa de
que nos sintamos al estrecho entre vosotros?» Antes ha-
bía dicho: En vuestro corazón no hay lugar para noso-
tros, y ahora aclara el sentido de esta expresión, dicien-
do: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, añadiendo
este nuevo motivo para atraérselos. Nada hay, en efecto,
que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte
de la persona amada, de que aquel que la ama desea en
gran manera verse correspondido.

Ya antes os dije —añade— que os llevamos dentro de
nuestro mismo corazón, unidos en vida y en muerte. Muy
grande es la fuerza de este amor, pues que, a pesar de
sus desprecios, desea morir y vivir con ellos. «Porque
estáis dentro de nuestro corazón, mas no de cualquier
modo, sino del modo dicho.» Porque puede darse el caso
de uno que ame pero rehuya el peligro; no es éste nues-
tro caso.

Lleno estoy de consuelo. ¿De qué consuelo? «Del que
vosotros me proporcionáis: porque os habéis enmendado
y me habéis consolado así con vuestras obras.» Esto es
propio del que ama, reprochar la falta de corresponden-
cía a su amor, pero con el temor de excederse en sus
reproches y causar tristeza. Por esto dice: Lleno estoy
de consuelo, rebosante de gozo.

Es como si dijera: «Me habéis proporcionado una
gran tristeza, pero me habéis proporcionado también
una gran satisfacción y consuelo, ya que no sólo habéis
quitado la causa de mi tristeza, sino que además me
habéis llenado de una alegría mayor aún.»

Y a continuación explica cuán grande sea esta alegría,
cuando, después que ha dicho: Estoy rebosante de gozo,
añade también: Por encima de todas nuestras tribulacio-
nes. «Tan grande —dice— es el placer que me habéis
dado, que ni estas tan graves tribulaciones han podido
oscurecerlo, sino que su grandeza exuberante ha supe-
rado todos los pesares que nos invadían y ha hecho que
ni los sintiéramos.»

Responsorio

R. Manifesté entre vosotros las señales de un apóstol
verdadero: * con una paciencia probada en todos los
sufrimientos, signos, prodigios y milagros.

V. Gustosamente gastaré lo que tengo y me consumiré
yo mismo todo entero por el bien de vuestras almas.

R. Con una paciencia probada en todos los sufrimientos,
signos, prodigios y milagros.

HIMNO FINAL/ Te Deum

A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.
Los ángeles todos,
los cielos y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.
A ti te ensalza
el glorioso coro de los Apóstoles,
la multitud admirable de los Profetas,
el blanco ejército de los mártires.
A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra, te proclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.
Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.
Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.
Creemos que un día
has de venir como juez.
Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.
Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.

Oremos:
Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti
nada es fuerte ni santo; aumenta los signos de tu mise-
ricordia sobre nosotros, para que, bajo tu dirección, de
tal modo nos sirvamos de las cosas pasajeras que por
ellas alcancemos con mayor plenitud las eternas. Por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.