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Oficio de lectura – jueves 15 diciembre 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: De luz nueva se viste la tierra

De luz nueva se viste la tierra, porque el Sol que del cielo ha venido, en la entraña feliz de la Virgen, de su carne se ha revestido.

El amor hizo nuevas las cosas, el Espíritu ha descendido y la sombra del que todo puede en la Virgen su luz ha encendido.

Ya la tierra reclama su fruto y de bodas se anuncia alegría; el Señor que en los cielos habita se hizo carne en la Virgen María.

Gloria a Dios, el Señor poderoso, a su Hijo y Espíritu Santo, que amoroso nos ha bendecido y a su reino nos ha destinado. Amén.

Salmodia

Ant 1. Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88 Lamentación por la caída de la casa de David

Tú, encolerizado con tu Ungido, lo has rechazado y desechado; has roto la alianza con tu siervo y has profanado hasta el suelo su corona; has derribado sus murallas y derrocado sus fortalezas; todo viandante lo saquea, y es la burla de sus vecinos; has sostenido la diestra de sus enemigos y has dado el triunfo a sus adversarios; pero a él le has embotado la espada y no lo has confortado en la pelea; has quebrado su cetro glorioso y has derribado su trono; has acortado los días de su juventud y lo has cubierto de ignominia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Ant 2. Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.

Salmo 88

¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida y lo caducos que has creado a los humanos.

¿Quién vivirá sin ver la muerte? ¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia que por tu fidelidad juraste a David?

Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos: lo que tengo que aguantar de las naciones, de cómo afrentan, Señor, tus enemigos, de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.

Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.

Ant 3. Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Salmo 89 Baje a nosotros la bondad del Señor

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Antes que naciesen los montes o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vigilia nocturna.

Las siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti, nuestros secretos ante la luz de tu mirada: y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera, y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira, quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos; por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste, por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción, y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Versículo.

V. Escuchad, naciones, la palabra del Señor.
R. Y proclamadla en todos los confines de la tierra.

Primera lectura

Del libro del profeta Miqueas 7, 7-13

La ciudad de Dios espera la salvación

Yo miro atento al Señor, espero en Dios, mi salvador: mi Dios me escuchará.

No te alegres de mi desgracia, enemiga mía, pues si caí me levantaré; y si me siento en tinieblas el Señor es mi luz. Soportaré la ira del Señor, pues pequé contra él, en tanto juzga mi causa y me hace justicia; él me conducirá a la luz y veré su justicia. Mi enemiga lo verá y se cubrirá de vergüenza; la que me decía: «¿Dónde está el Señor, tu Dios?» Mis ojos la verán entonces pisoteada como lodo de la calle.

Esto dice el Señor:

«Llega el día de reconstruir tus muros, de ensanchar tus linderos. Aquel día, acudirán a ti desde Asiria hasta Egipto, desde el Nilo hasta el Éufrates, de mar a mar, de monte a monte. Y la tierra será desolada con sus habitantes, en pago de sus malas obras.»

Responsorio Cf. Mi 7, 7; Gn 49, 18

R. Yo miro atento al Señor, espero en Dios, mi salvador.
V. Espero tu salvación, Señor.
R. Espero en Dios, mi salvador.

Segunda lectura

De la Constitución dogmática Dei Verbum, sobre la divina revelación, del Concilio Vaticano segundo.

Cristo lleva a término toda la revelación

Dios, al crear y conservar por medio del Verbo todas las cosas, da a los hombres un primer testimonio perenne de sí mismo en las cosas creadas; pero, queriendo también abrir a la humanidad el camino de una salvación sobrenatural, se manifestó además personalmente, ya desde el principio, a nuestros primeros padres.

Después de su caída, con la promesa de la redención les dio la esperanza de la salvación y, luego, incesantemente manifestó su solicitud por el género humano, a fin de dar la vida eterna a todos los que, perseverando en la práctica de las buenas obras, buscan la salvación.

A su tiempo también llamó a Abraham, para hacer de él una gran nación; después de los patriarcas, educó a su pueblo por medio de Moisés y los profetas, para que lo conocieran a él como el único Dios vivo y verdadero, Padre providente y Juez justo, y esperaran al Salvador prometido, y así, a lo largo de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio; y, después que a través de muchas etapas y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros antepasados por ministerio de los profetas, en estos tiempos, que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo.

Envió a su Hijo, es decir, el Verbo eterno que ilumina a todos los hombres, a fin de que habitara entre ellos y les revelara los secretos de Dios.

Así, pues, Jesucristo, el Verbo hecho carne, «hombre enviado a los hombres», habla las palabras de Dios y lleva a cabo la obra salvífica que el Padre le ha encomendado. Por eso Jesucristo ver al cual es ver al Padre, por toda su presencia y por todo lo que manifiesta de sí mismo, por sus palabras y obras, señales y milagros, pero principalmente por su muerte y gloriosa resurrección de entre los muertos y finalmente por el envío del Espíritu Santo, lleva a término y confirma, con testimonio divino, la revelación de que Dios está con nosotros, para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos para la vida eterna.

Por tanto, la economía cristiana, que es alianza eterna y definitiva, no pasará jamás, y ya no hay que esperar una nueva revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

Responsorio Is 30, 20-21; Dt 18, 15

R. Tus ojos verán a tu maestro y tus oídos oirán detrás de ti estas palabras: «Éste es el camino, caminad por él.»

V. El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta de en medio de ti, de entre tus hermanos.
R. Y tus oídos oirán detrás de ti estas palabras: «Éste es el camino, caminad por él.»

Oración.

Oremos,
Señor, que la venida salvadora de tu Hijo alegre a tus siervos, a quienes ahora entristece el peso de sus culpas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

Conclusión
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.