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Oficio de lectura – lunes 14 noviembre 2022

Oficio de Lectura

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: Dios de la tierra y del cielo

Dios de la tierra y del cielo, que, por dejarlas más claras, las grandes aguas separas, pones un límite al cielo.

Tú que das cauce al riachuelo y alzas la nube a la altura, tú que, en cristal de frescura, sueltas las aguas del río sobre las tierras de estío, sanando su quemadura,

danos tu gracia, piadoso, para que el viejo pecado no lleve al hombre engañado a sucumbir a su acoso.

Hazlo en la fe luminoso, alegre en la austeridad, y hágalo tu claridad salir de sus vanidades; dale, Verdad de verdades, el amor a tu verdad. Amén.

Salmodia

Ant 1. Sálvame, Señor, por tu misericordia.

Salmo 6 Oración del afligido que acude a Dios

Señor, no me corrijas con ira, no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco; cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio, y tú, Señor, ¿hasta cuándo?

Vuélvete, Señor, liberta mi alma, sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca, y en el abismo, ¿quién te alabará?

Estoy agotado de gemir: de noche lloro sobre el lecho, riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados, envejecen por tantas contradicciones.

Apartaos de mí los malvados, porque el Señor ha escuchado mis sollozos; el Señor ha escuchado mi súplica, el Señor ha aceptado mi oración.

Que la vergüenza abrume a mis enemigos, que avergonzados huyan al momento.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sálvame, Señor, por tu misericordia.

Ant 2. El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.

Salmo 9 Acción de gracias por la victoria

Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus maravillas; me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, ¡oh Altísimo!

Porque mis enemigos retrocedieron, cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho sentado en tu trono como juez justo.

Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua, arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.

Dios está sentado por siempre en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia y regirá las naciones con rectitud.

El será refugio del oprimido, su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre, porque no abandonas a los que te buscan.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.

Ant 3. Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.

Salmo 9

Tañed en honor del Señor, que reside en Sión; narrad sus hazañas a los pueblos; él venga la sangre, él recuerda, y no olvida los gritos de los humildes.

Piedad, Señor; mira como me afligen mis enemigos; levántame del umbral de la muerte, para que pueda proclamar tus alabanzas y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.

Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron, su pie quedó prendido en la red que escondieron.

El Señor apareció para hacer justicia, y se enredó el malvado en sus propias acciones.

Vuelvan al abismo los malvados, los pueblos que olvidan a Dios.
El no olvida jamás al pobre, ni la esperanza del humilde perecerá.

Levántate, Señor, que el hombre no triunfe: sean juzgados los gentiles en tu presencia.

Señor, infúndeles terror, y aprendan los pueblos que no son más que hombres.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.

Versículo
V. Enséñame a cumplir tu voluntad.
R. Y a guardarla de todo corazón.

Primera lectura

Del segundo libro de los Macabeos 12, 32-46

Sacrificio por los difuntos

Después de la fiesta llamada de Pentecostés, los judíos se lanzaron contra Gorgias, el estratega de Idumea. Salió éste con tres mil infantes y cuatrocientos jinetes, y sucedió que cayeron algunos de los judíos que les habían presentado batalla.

Un tal Dositeo, jinete valiente, del cuerpo de los tubios, se apoderó de Gorgias y, agarrándolo por la clámide, lo arrastraba por la fuerza con el deseo de capturar vivo a aquel maldito; pero un jinete tracio se echó sobre Dositeo y le cortó el hombro, y así Gorgias pudo huir hacia Marisá. Ante la fatiga de los hombres de Esdrías que llevaban mucho tiempo luchando, Judas suplicó al Señor que se mostrase su aliado y su guía en el combate. Entonó entonces en su lengua patria el grito de guerra y algunos himnos, irrumpió de improviso sobre las tropas de Gorgias y las derrotó.

Judas, después de reorganizar el ejército, se dirigió hacia la ciudad de Odolam. Al llegar el día séptimo, se purificaron según la costumbre y celebraron allí el sábado. Al día siguiente, los hombres de Judas fueron a recoger los cadáveres de los que habían caído, pues ya era esto indispensable, y a depositarlos junto a sus parientes en los sepulcros de sus padres. Entonces encontraron, bajo las túnicas de cada uno de los muertos, objetos consagrados a los ídolos de Yamnia, que la ley prohíbe a los judíos. Fue entonces evidente para todos por qué motivo habían sucumbido aquellos hombres.

Bendijeron, pues, todas las obras del Señor, juez justo, que manifiesta las cosas ocultas, y pasaron a la súplica, rogando que quedara completamente borrado el pecado cometido. El valeroso Judas recomendó a la multitud que se mantuvieran limpios de pecado, a la vista de lo sucedido por el pecado de los que habían sucumbido. Después de haber reunido entre sus hombres cerca de dos mil dracmas, las mandó a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando muy hermosa y noblemente con el pensamiento puesto en la resurrección. Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, habría sido superfluo y necio rogar por los muertos; más, creyendo firmemente que una magnífica recompensa está reservada a los que mueren piadosamente (idea santa y piadosa), por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio en favor de los difuntos, para que quedaran libres de su pecado.

Responsorio Cf. 2M 12, 45. 46

R. A aquellos que mueren piadosamente una magnífica recompensa les está reservada.

V. Santa y piadosa es la idea de orar en favor de los difuntos, para que queden libres de sus pecados.
R. Una magnífica recompensa les está reservada.

Segunda lectura

Del Tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, Sobre el perdón de los pecados

El vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda

En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, porque resonará y los muertos despertarán incorruptibles y nosotros nos veremos transformados. Al decir «nosotros» enseña Pablo que han de gozar junto con él del don de la transformación futura todos aquellos que, en el tiempo presente, se asemejan a él y a sus compañeros por la comunión con la Iglesia y por una conducta recta. Nos insinúa también el modo de esta transformación cuando dice: Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad. Pero a esta transformación, objeto de una justa retribución, debe preceder antes otra transformación, que es puro don gratuito.

La retribución de la transformación futura se promete a los que en la vida presente realicen la transformación del mal al bien.

La primera transformación gratuita consiste en la justificación, que es una resurrección espiritual, don divino que es una incoación de la transformación perfecta que tendrá lugar en la resurrección de los cuerpos de los justificados, cuya gloria será entonces perfecta, inmutable y para siempre. Esta gloria inmutable y eterna es, en efecto, el objetivo al que tienden, primero, la gracia de la justificación y, después, la transformación gloriosa.

En esta vida somos transformados por la primera resurrección, que es la iluminación destinada a la conversión; por ella pasamos de la muerte a la vida, del pecado a la justicia, de la incredulidad a la fe, de las malas acciones a una conducta santa. Sobre los que así obran no tiene poder alguno la segunda muerte. De ellos dice el Apocalipsis: Bienaventurado el que toma parte en esta resurrección primera. Sobre ellos no tendrá poder alguno la segunda muerte. Y leemos en el mismo libro: El vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda. Así como hay una primera resurrección, que consiste en la conversión del corazón, así hay también una segunda muerte, que consiste en el castigo eterno. Que se apresure, pues, a tomar parte ahora en la primera resurrección el que no quiera ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte. Los que en la vida presente, transformados por el temor de Dios, pasan de mala a buena conducta, pasan de la muerte a la vida y más tarde serán transformados de su humilde condición a una condición gloriosa.

Responsorio Col 3, 3-4; Rm 6, 11

R. Habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios; cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros con él, revestidos de gloria.

V. Considerad que estáis muertos al pecado, pero que vivís para Dios en unión con Cristo Jesús.
R. Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros con él, revestidos de gloria.

Oremos,
Señor, Dios nuestro, concédenos alegrarnos siempre en tu servicio, porque la profunda y verdadera alegría está en ser fiel a ti, autor de todo bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

Conclusión

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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