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Oficio de lectura – lunes 23 mayo 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor date prisa en socorrerme.

Himno

Cristo el Señor, como la primavera, como una nueva aurora, resucitó.

Cristo, nuestra Pascua, es nuestro rescate, nuestra salvación.

Es grano en la tierra, muerto y florecido, tierno pan de amor.

Se rompió el sepulcro, se movió la roca, y el fruto brotó.

Salmodia.

Ant. 1 Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme. Aleluya.

Salmo 30

A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo, inclina tu oído hacia mí; ven aprisa a librarme, sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame: sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi amparo.

En tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás; tú aborrecea a los que veneran ídolos inertes, pero yo confío en el Señor; tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; no me has entregado en manos del enemigo, has puesto mis pies en un camino ancho.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme. Aleluya.

Ant. 2 Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. Aleluya.

Piedad, Señor, que estoy en peligro: se consumen de dolor mis ojos, mi garganta y mis entrañas.

Mi vida se gasta en el dolor; mis años, en los gemidos; mi vigor decae con las penas, mis huesos se consumen.

Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle y escapan de mí. Me han olvidado como a un muerto, me han desechado como un cacharro inútil.

Oigo las burlas de la gente, y todo me da miedo; se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor, te digo: «Tú eres mi Dios.» En tu mano está mi destino: líbrame de los enemigos que me persiguen; haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo. Aleluya.

Ant. 3 Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios
de misericordia. Aleluya.

¡Que bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles, y concedes a los que a ti se acogen a la vista de todos!

En el asilo de tu presencia los escondes de las conjuras humanas; los ocultas en tu tabernáculo, frente a las lenguas pendencieras.

Bendito el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.

Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»; pero tú escuchaste mi voz suplicante cuando yo te gritaba.

Amad al Señor, fieles suyos; el Señor guarda a sus leales, y a los soberbios les paga con creces.

Sed fuertes y valientes de corazón los que esperáis en el Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia. Aleluya.

Versículo

V. Mi corazón y mi carne. Aleluya.
R. Se alegran por el Dios vivo. Aleluya.

Primera Lectura

De los Hechos de los apóstoles 21, 1-26

En aquellos días, después de habernos separado de los presbíteros de Éfeso, nos embarcamos y fuimos derechos a Cos; al día siguiente, a Rodas y, de allí, a Pátara, donde encontramos una nave que hacía la travesía a Fenicia. Nos embarcamos y nos dimos a la mar. Luego dimos vista a Chipre, que dejamos a la izquierda; fuimos navegando hacia Siria, y por fin desembarcamos en Tiro, porque allí tenía que dejar la nave su carga. Buscarnos y encontramos a los discípulos, y nos quedamos allí siete días. Ellos, inspirados por el Espíritu, aconsejaban a Pablo que no subiese a Jerusalén. Pasados aquellos días, salimos, acompañados de todos, con sus mujeres y niños, hasta fuera de la ciudad y, después de orar de rodillas en la playa, nos despedimos; nosotros subimos a bordo, y ellos se volvieron a sus casas.

De Tiro vinimos a Tolemaida, terminando así nuestro viaje por mar; y, después de saludar a los hermanos y de estar un día con ellos, salimos al día siguiente y llegamos a Cesárea. Entramos en casa de Felipe, el evangelista, que era uno de los siete, y nos hospedamos allí. Tenía él cuatro hijas vírgenes, que tenían el don de profecía. Llevábamos allí varios días, cuando bajó de Judea un profeta, llamado Ágabo, que vino a visitarnos. Y, tomando el cinturón de Pablo y atándose pies y manos
con él, dijo así:

«Esto dice el Espíritu Santo: «Así atarán los judíos en Jerusalén al hombre a quien pertenece este cinturón; y lo pondrán en manos de los gentiles.»»

Cuando escuchamos esta predicción, le instamos, tanto nosotros como los que se encontraban allí, a que no subiese a Jerusalén. Pero Pablo respondió:

«¿Qué hacéis con llorar y abatir mi corazón? Yo estoy dispuesto no sólo a dejarme atar, sino a morir en Jerusalén por el nombre de Jesús, el Señor.»

Como no se dejaba convencer, dejamos de insistir, diciendo:

«Hágase la voluntad del Señor.»

unos días después, hechos los preparativos para el viaje, emprendimos la subida a Jerusalén. Nos acompañaron algunos discípulos de Cesárea, que nos llevaron a hospedar a casa de Nasón, un chipriota, discípulo de los primeros tiempos. A nuestra llegada a Jerusalén, fuimos recibidos gozosamente por los hermanos; y, al día siguiente, vino Pablo con nosotros a visitar a Santiago, reuniéndose también allí todos los presbíteros. Después de saludarlos, Pablo les fue contando una por una las maravillas que por su medio había realizado Dios entre los gentiles. Ellos glorificaron a Dios al escuchar sus palabras. Luego le dijeron:

«Ya ves, hermano, cuántos miles y miles de judíos han abrazado la fe; y cómo todos son observantes celosos de la ley. Pero les han hecho saber que tú enseñas a los judíos de la diáspora a desertar de la ley de Moisés, y que les dices que no circunciden a sus hijos ni sigan las tradiciones mosaicas. ¿Qué vas a hacer ahora? Ciertamente, se han de enterar que has llegado aquí. Haz, pues, lo que te vamos a decir. Tenemos aquí a cuatro hombres que tienen hecho voto de nazareato. Llévalos contigo y, junto con ellos, cumple el rito de tu purificación; paga por ellos para que puedan dejarse rapar la cabeza, y así todos conocerán que no hay nada de lo que han oído decir de ti, sino que también tú sigues observando la ley. Por lo que se refiere a los gentiles que han abrazado la fe, ya les escribimos, después de madura deliberación, que se abstengan de las viandas ofrecidas a los ídolos, de comer sangre, de comer carne de animales ahogados y de la fornicación.»

Al día siguiente, Pablo, acompañado de aquellos hombres, cumplió el rito de su purificación. Y así, anunciando el final de los días del nazareato, acudió con ellos al templo, hasta que terminasen de ofrecerse los sacrificios por cada uno.

Responsorio

R. Yo estoy dispuesto no sólo a dejarme atar, sino a morir en Jerusalén * por el nombre de Jesús, el Señor. Aleluya.

V. Voy completando en favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, las tribulaciones que aún me quedan por sufrir con Cristo en mi carne mortal.

R. Por el nombre de Jesús, el Señor. Aleluya.

Segunda Lectura

Del Tratado dé Dídimo de Alejandría, Sobre la Santísima Trinidad

El Espíritu Santo, en cuanto que es Dios, junto con el Padre y el Hijo, nos renueva en el bautismo y nos retorna de nuestro estado deforme a nuestra primitiva hermosura, llenándonos de su gracia, de manera que ya nada nos queda por desear; nos libra del pecado y de la muerte; nos convierte de terrenales, esto es, salidos de la tierra y del polvo, en espirituales; nos hace partícipes de la gloria divina, hijos y herederos de Dios Padre, conformes a la imagen del Hijo, coherederos y hermanos de
éste, para ser glorificados y reinar con él; en vez de la tierra nos da el cielo y nos abre generosamente las puertas del paraíso, honrándonos más que a los mismos ángeles; y con las aguas sagradas de la piscina bautismal apaga el gran fuego inextinguible del infierno.

Hay en el hombre un doble nacimiento, uno natural, otro del Espíritu divino. Acerca de uno y otro escribieron los autores sagrados. Yo voy a citar el nombre de cada uno de ellos, así como su doctrina.

Juan: A cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, dio poder de llegar a ser hijos de Dios, los cuales traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios. Todos los que creen en Cristo, afirma, han recibido el poder de llegar a ser hijos de Dios, esto es, del Espíritu Santo, y de llegar a ser del mismo linaje de Dios. Y, para demostrar que este Dios que nos engendra es el Espíritu Santo, añade estas palabras de Cristo en persona: Te aseguro que el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.

La piscina bautismal, en efecto, da a luz de manera visible al cuerpo visible de la Iglesia, por el ministerio de los sacerdotes; pero el Espíritu de Dios, invisible a todo ser racional, bautiza espiritualmente en sí mismo y regenera, por ministerio dé los ángeles, nuestro cuerpo y nuestra alma.

Juan el Bautista, en relación con aquella expresión: De agua y de Espíritu, dice, refiriéndose a Cristo: Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Ya que nosotros somos como una vasija de barro, por eso necesitamos en primer lugar ser purificados por el agua, después de ser fortalecidos y perfeccionados por el fuego espiritual (Dios, en efecto, es un fuego devorador); y, así, necesitamos del Espíritu Santo para nuestra perfección y renovación, ya que este fuego espiritual es también capaz de regar, y esta agua espiritual es capaz de fundir como el fuego.

Responsorio

R. Derramaré agua abundante sobre el suelo sediento, y torrentes en la tierra seca. * Derramaré mi Espíritu y crecerán como álamos junto a las corrientes de agua. Aleluya.

V. El agua que yo le dé se convertirá en manantial, cuyas aguas brotan para comunicar vida eterna.

R. Derramaré mi Espíritu y crecerán como álamos junto a las corrientes de agua. Aleluya.

Oración.

Oremos:
Te pedimos, Señor, que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo…

Conclusión.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios