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Oficio de lectura – martes 14 junio 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor date prisa en socorrerme.

Himno

Alabemos a Dios que, en su Palabra, nos revela el designio salvador, y digamos en súplica confiada: «Renuévame por dentro, mi Señor.»

No cerremos el alma su llamada ni dejemos que arraigue el desamor; aunque dura es la lucha, su palabra será bálsamo suave en el dolor.

Caminemos los días de esta vida como tiempo de Dios y de oración; él es fiel a la alianza prometida: «Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»

Tú dijiste, Jesús, que eras camino para llegar al Padre sin temor; concédenos la gracia de tu Espíritu que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

Salmodia

Ant. 1 Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.

Salmo 67

Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian;

como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios.

En cambio, los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría.

Cantad a Dios, tocad en su honor, alfonbrad el camino del que avanza por el desierto; su nombre es el Señor: alegraos en su presencia.

Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada.

Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece;
sólo los rebeldes se quedan en la tierra abrasada.

¡Oh Dios!, cuando salías al frente de tu pueblo y avanzabas por el desierto, la tierra tembló, el cielo destiló ante Dios, el Dios del Sinaí; ante Dios, el Dios de Israel.

Derramaste en tu heredad, ¡oh Dios!, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada; y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, ¡oh Dios!, preparó para los pobres.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Se levanta Dios y huyen de su presencia los que lo odian.

Ant. 2 Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

El Señor pronuncia un oráculo, millares pregonan la alegre noticia: «Los reyes, los ejércitos van huyendo, van huyendo; las mujeres reparten el botín.

Mientras reposabais en los apriscos, las alas de la paloma se cubrieron de plata, el oro destellaba en su plumaje. Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes, la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío.»

Las montañas de Basán son altísimas, las montañas de Basán son escarpadas; ¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas, del monte escogido por Dios para habitar, morada perpetua del Señor?

Los carros de Dios son miles y miles: Dios marcha del Sinaí al santurio.
Subiste a la cumbre llevando cautivos, te dieron tributos de hombres:
incluso los que se resistían a que el Señor Dios tuviera una morada.

Bendito el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación. Nuesto Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Dios aplasta las cabezas de sus enemigos, los cráneos de los malvados contumaces. Dice el Señor: «Los traeré desde Basán, los traeré desde el fondo del mar; teñirás tus pies en la sangre del enemigo, y los perros la lamerán con sus lenguas.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Ant. 3 Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.

Aparece tu cortejo, ¡oh Dios! el cortejo de mi Dios, de mi Rey, hacia el santuario.

Al frente marchan los cantores; los últimos, los tocadores de arpa; en medio las muchachas van tocando panderos.

«En el bullicio de la fiesta bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel.»

Va delante Benjamín, el más pequeño; los príncipes de Judá con sus tropeles; los príncipes de Zabulón, los príncipes de Neftalí.

¡Oh Dios!, despliega tu poder, tu poder, ¡oh Dios!, que actúa en favor nuestro. A tu templo de Jerusalén traigan los reyes su tributo.

Reprime a la Fiera del Cañaveral, al tropel de los toros, a los Novillos de los pueblos.

Que se rindan con lingotes de plata: dispersa las naciones belicosas.
Lleguen los magnates de Egipto, Etiopía extienda sus manos a Dios.

Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor, que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos, que lanza su voz, su voz poderosa: «Reconoced el poder de Dios.»

Sobre Israel resplandece su majestad, y su poder sobre las nubes.
Desde el santuario Dios impone reverencia: es el Dios de Israel
quien da fuerza y poder a su pueblo.
¡Dios sea bendito!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Reyes de la tierra, cantad a Dios, tocad para el Señor.

Versículo

V. Voy a escuchar lo que dice el Señor.
R. Dios anuncia la paz a su pueblo.

Primera lectura

Del libro de Esdras 4, 1-5. 24—5, 5

En aquellos días, cuando los rivales de Judá y Benjamín se enteraron de que los desterrados estaban construyendo el templo del Señor, Dios de Israel, se presentaron a Zorobabel, a Josué y a los cabezas de familia, y les dijeron:

«Vamos a ayudaros, porque también nosotros servimos a vuestro Dios, igual que vosotros, y le ofrecernos sacrificios desde que Asaradón de Asiria nos instaló aquí.»

Zorobabel, Josué y los demás cabezas de familia les respondieron:

«No edificaremos juntos el templo de nuestro Dios. Lo haremos nosotros solos, como ha mandado Ciro de Persia.»

Entonces, los colonos extranjeros se dedicaron a desmoralizar a los judíos y a intimidarlos para que dejasen de construir. Desde tiempos de Ciro hasta el reinado de Darío de Persia, estuvieron sobornando consejeros que hiciesen fracasar sus planes.

Se suspendieron, pues, las obras del templo de Jerusalén y estuvieron paradas hasta el año segundo del reinado de Darío de Persia.

Entonces, el profeta Ageo y el profeta Zacarías, hijo de Ido, comenzaron a profetizar a los judíos de Judá y Jerusalén como legados en nombre del Dios de Israel.
Zorobabel, hijo de Sealtiel, y Josué, hijo de Josadac, se pusieron a reconstruir el templo de Jerusalén, acompañados y alentados por los profetas de Dios. Pero Tatenay, sátrapa de Transeufratina, Setar Boznay y sus colegas se acercaron, y les dijeron:

«¿Quién os ha ordenado construir este templo y armar ese maderamen? ¿Cómo se llaman los hombres que han mandado construir este edificio?»

Pero Dios velaba por las autoridades de Judá y les permitieron seguir las obras mientras no llegase un decreto de Darío y les entregasen el escrito.

Responsorio

R. Señor, has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de Jacob. Restaúranos, Dios Salvador nuestro; cesa en tu rencor contra nosotros.

V. Has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados.

R. Restaúranos, Dios Salvador nuestro; cesa en tu rencor contra nosotros.

Segunda Lectura

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor

Cuan grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos pongamos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.

Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar
cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán
humillados los que me desprecian. Asimismo el Apóstol dice en una de sus cartas: No os pertenecéis a vosotros mismos; habéis sido comprados a precio; en verdad glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.

A continuación añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo
demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.

El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna concedernos, cuando dice: Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los rapaces poseerán el reino de Dios. Y en verdad que eso erais algunos; pero fuisteis lavados, fuisteis santificados, fuisteis justificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido santificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Lo que pedimos, pues, es que permanezca en nosotros esta santificación y acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó a aquel hombre que él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia.

Responsorio

R. Mostraré la santidad de mi nombre ilustre; derramaré sobre vosotros un agua pura, os daré un corazón nuevo y os infundiré mi Espíritu; para que caminéis según mis preceptos y guardéis y cumpláis mis mandatos.

V. Sed santos, porque yo soy santo.

R. Para que caminéis según mis preceptos y guardéis
y cumpláis mis mandatos.

Oración.

Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nues-
tras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti
nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para ob-
servar tus mandamientos y agradarte con nuestros de-
seos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.

Conclusión.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.