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Oficio de lectura – martes 20 diciembre 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: Alegría de nieve

Alegría de nieve por los caminos.
Todo espera la gracia del Bien Nacido.

Miserables los hombres, dura la tierra.
Cuanta más nieve cae, más cielo cerca.

La tierra tan dormida ya se despierta.
Y hasta el hombre más muerto se despereza.

Ya los montes se allanan y las colinas, y el corazón del hombre vuelve a la vida.

Gloria al Padre y al Hijo, gloria al Espíritu, que han mirado a la tierra compadecidos. Amén.

Salmodia

Ant 1. Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Salmo 101 Deseos y súplicas de un desterrado

Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti; no me escondas tu rostro el día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí; cuando te invoco, escúchame enseguida.

Que mis días se desvanecen como humo, mis huesos queman como brasas; mi corazón está agostado como hierba, me olvido de comer mi pan; con la violencia de mis quejidos, se me pega la piel a los huesos.

Estoy como lechuza en la estepa, como búho entre ruinas; estoy desvelado, gimiendo, como pájaro sin pareja en el tejado.

Mis enemigos me insultan sin descanso; furiosos contra mí, me maldicen.

En vez de pan, como ceniza, mezclo mi bebida con llanto, por tu cólera y tu indignación, porque me alzaste en vilo y me tiraste; mis días son una sombra que se alarga, me voy secando como la hierba.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Ant 2. Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

Salmo 101

Tú, en cambio, permaneces para siempre, y tu nombre de generación en generación.

Levántate y ten misericordia de Sión, que ya es hora y tiempo de misericordia.

Tus siervos aman sus piedras, se compadecen de sus ruinas: los gentiles temerán tu nombre, los reyes del mundo, tu gloria.

Cuando el Señor reconstruya Sión, y aparezca en su gloria, y se vuelva a las súplicas de los indefensos, y no desprecie sus peticiones, quede esto escrito para la generación futura, y el pueblo que será creado alabará al Señor:

Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario, desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte,

para anunciar en Sión el nombre del Señor, y su alabanza en Jerusalén, cuando se reúnan unánimes los pueblos y los reyes para dar culto al Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

Ant 3. Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

Salmo 101

El agotó mis fuerzas en el camino, acortó mis días;
y yo dije: «Dios mío, no me arrebates en la mitad de mis días.»

Tus años duran por todas las generaciones: al principio cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

Ellos perecerán, tú permaneces, se gastarán como la ropa, serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo, tus años no se acabarán.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros, su linaje durará en tu presencia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

Versículo.

V. Una voz clama en el desierto: Preparad el camino del Señor.
R. Enderezad las sendas para nuestro Dios.

Primera lectura

Del libro del profeta Isaías 41, 21-29

El señor, único Dios, es quien anuncia al libertador ciro

Presentad vuestro pleito dice el Señor; aducid vuestras pruebas dice el Rey de Jacob; que se adelanten y nos anuncien lo que va a suceder: Narradnos vuestras predicciones pasadas, y prestaremos atención; anunciadnos el futuro, y conoceremos el desenlace; narrad los sucesos futuros, y sabremos que sois dioses. Haced algo, bueno o malo, que nos demos cuenta y lo veamos todo. Mirad, vosotros sois nada; vuestras obras, vacío; es abominable elegiros.

Yo lo he suscitado en el norte, y ha venido; en oriente lo llamo por su nombre; pisará gobernantes como barro, como pisa el alfarero la arcilla. ¿Quién lo anunció de antemano, para que se supiera, por adelantado, para que dijeran: «Tiene razón»?

Ninguno lo narra, ninguno lo anuncia, nadie oye vuestro discurso. Lo anuncié yo el primero en Sión y envié un heraldo a Jerusalén. Busqué; pero entre ellos no había nadie, ningún consejero a quien preguntarle para que me informara. Todos juntos eran nada; sus obras, vacío; aire y nulidad, sus estatuas.

Responsorio Dt 18, 18; Lc 20, 13; Jn 6, 14

R. Les suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca; y él les dirá todo lo que yo le mande.

V. Enviaré a mi amado Hijo; éste es ciertamente el profeta que ha de venir al mundo.
R. Y él les dirá todo lo que yo le mande.

Segunda lectura

De las Homilías de san Bernardo, abad, Sobre las excelencias de la Virgen Madre

El mundo entero espera la respuesta de María

Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta: ya es tiempo de que vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, condenados a muerte por una sentencia divina, esperamos, Señora, tu palabra de misericordia.

En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. Todos fuimos creados por la Palabra eterna de Dios, pero ahora nos vemos condenados a muerte; si tú das una breve respuesta, seremos renovados y llamados nuevamente a la vida.

Virgen llena de bondad, te lo pide el desconsolado Adán, arrojado del paraíso con toda su descendencia. Te lo pide Abraham, te lo pide David. También te lo piden ardientemente los otros patriarcas, tus antepasados, que habitan en la región de la sombra de muerte. Lo espera todo el mundo, postrado a tus pies.

Y no sin razón, ya que de tu respuesta depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación de todos los hijos de Adán, de toda tu raza.

Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. Di una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia tu palabra humana y concibe al que es la Palabra divina, profiere una palabra transitoria y recibe en tu seno al que es la Palabra eterna.

¿Por qué tardas?, ¿por qué dudas? Cree, acepta y recibe. Que la humildad se revista de valor, la timidez de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal olvide ahora la prudencia. Virgen prudente, no temas en este caso la presunción, porque, si bien es amable el pudor en el silencio, ahora es más necesario que en tus palabras resplandezca la misericordia.

Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. Mira que el deseado de todas las naciones está junto a tu puerta y llama. Si te demoras, pasará de largo y entonces, con dolor, volverás a buscar al que ama tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. Aquí está -dice la Virgen- la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
Responsorio Cf. Lc 1, 31. 42

R. Recibe la palabra, Virgen María, que el Señor te anuncia por medio del ángel: concebirás y darás a luz al Dios hecho hombre, para que te llamen bendita entre las mujeres.

V. Darás a luz un hijo sin perder tu virginidad, concebirás en tu seno y serás madre siempre intacta.
R. Para que te llamen bendita entre las mujeres.

Oremos,
Dios nuestro, cuyo Verbo inefable fue recibido por la Virgen Inmaculada cuando aceptó tu designio, manifestado por el anuncio del ángel, e, inundada por la luz del Espíritu Santo, fue convertida en mansión de la divinidad, concédenos que también nosotros, a imitación suya, aceptemos siempre sincera y humildemente tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

Conclusión

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.