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Oficio de lectura – martes 24 mayo 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor date prisa en socorrerme.

Himno

Que doblen las campanas jubilosas, y proclamen el triunfo del amor, y llenen nuestras almas de aleluyas, de gozo y esperanza en el Señor.

Los sellos de la muerte han sido rotos, la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre su destino, su última verdad.

Derrotados la muerte y el pecado, es de Dios toda historia y su final; esperad con confianza su venida: no temáis, con vosotros él está.

Volverán encrespadas tempestades para hundir vuestra fe y vuestra verdad, es más fuerte que el mal y que su embate el poder del Señor, que os salvará.

Aleluyas cantemos a Dios Padre, aleluyas al Hijo salvador, su Espíritu corone la alegría que su amor derramó en el corazón. Amén.

Ant. 1 Encomienda tu camino al Señor, y él actuará. Aleluya.

Salmo 36

No te exasperes por los malvados, no envidies a los que obran el mal: se secarán pronto, como la hierba, como el césped verde se agostarán.

Confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y practica la lealtad; sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará: hará brillar tu justicia como el amanecer; tu derecho, como el mediodía.

Descansa en el Señor y espera en él, no te exasperes por el hombre que triunfa empleando la intriga: cohibe la ira, reprime el coraje, no te exasperes, no sea que obres mal; porque los que obran mal son excluidos, pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.

Aguarda un momento: desapareció el malvado, fíjate en su sitio: ya no está; en cambio los sufridos poseen la tierra y disfrutan de paz abundante.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Encomienda tu camino al Señor, y él actuará. Aleluya.

Ant. 2 Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo sostiene el Señor. Aleluya.

El malvado intriga contra el justo, rechina sus dientes contra él; pero el Señor se ríe de él, porque ve que le llega su hora.

Los malvados desenvainan la espada, asestan el arco, para abatir a pobres y humildes, para asesinar a los honrados; pero su espada les atravesará el corazón, sus arcos se romperán.

Mejor es ser honrado con poco que ser malvado en la opulencia; pues al malvadose se le romperán los brazos, pero al honrado lo sostiene el Señor.

El Señor vela por los días de los buenos, y su herencia durará siempre; no se agostarán en tiempos de sequía, en tiempo de hambre se saciarán; pero los malvados perecerán, los enemigos del Señor se marchitarán como la belleza de un prado, en humo se disiparán.

El malvado pide prestado y no devuelve, el justo se compadece y perdona. Los que el Señor bendice poseen la tierra, los que él maldice son excluidos.

El Señor asegura los pasos del hombre, se complace de sus caminos; si tropieza, no caerá, porque el Señor lo tiene de la mano.

Fui joven, ya soy viejo: nunca he visto a un justo abandonado, ni a su linaje mendigando el pan. A diario se compadece y da prestado; bendita será su descendencia.

Apártate de mal y haz el bien, y siempre tendrás una casa; porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles.

Los inicuos son exterminados, la estirpe de los malvados se extinguirá; pero los justos poseen la tierra, la habitarán por siempre jamás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Tú, Señor, ves las penas y los trabajos. Aleluya.

Ant. 3 Confía en el Señor y sigue su camino. Aleluya.

La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho; porque lleva en el corazón la ley de su Dios, y sus pasos no vacilan.

El malvado espía al justo e intenta darle muerte; pero el Señor no lo entrega en sus manos, no deja que lo condenen en el juicio.

Confía en el Señor, sigue su camino; él te levantará a poseer la tierra, y verás la expulsión de los malvados.

Vi a un malvado que se jactaba, que prosperaba como un cedro frondoso; volví a pasar, y ya no estaba; lo busqué, y no lo encontré.

Observa al honrado, fíjate en el bueno: su porvenir es la paz; los impíos serán totalmente aniquilados, el porvenir de los malvados quedará truncado.

El Señor es quien salva a los justos, él es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva, porque se acogen a él.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Confía en el Señor y sigue su camino. Aleluya.

Versículo

V. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere. Aleluya.
R. La muerte no tiene ya poder sobre él. Aleluya.

Primera Lectura

De los Hechos de los apóstoles 21, 27-39

En aquellos días, cuando ya estaban para cumplirse los siete días de la purificación de Pablo, los judíos de la provincia romana de Asia, que lo vieron en el templo, alborotaron a toda la gente y se apoderaron de él. Y a la vez gritaban:

«¡Israelitas, ayudadnos! Éste es el hombre que va predicando a todos y en todas partes contra nuestro pueblo, contra la ley y contra este templo. Y más todavía: hasta ha introducido gentiles en el templo, profanando este lugar santo.»

Decían esto porque habían visto poco antes a Trófimo de Éfeso, que lo acompañaba por la ciudad, y creyeron que Pablo lo había introducido en el templo. Se alborotó la ciudad entera, y se agolpó allí el pueblo tumultuosamente. Se apoderaron de Pablo y lo arrastraron fuera
del templo, cerrando en seguida las puertas. Ya trataban de lincharlo, cuando dieron parte al tribuno de la cohorte de que toda Jerusalén estaba amotinada. El tribuno tomó al momento soldados y centuriones, y bajó
corriendo hacia ellos. Ellos, por su parte, apenas vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. Se acercó entonces el tribuno y se apoderó de él, ordenando que lo atasen con dos cadenas. Luego preguntó quién era y qué había hecho. De la multitud, unos gritaban una cosa, y otros otra; y como no pudiese sacar nada cierto por el alboroto que había, mandó que lo condujesen a la fortaleza. Cuando llegó Pablo a la escalinata, tuvo que ser llevado en volandas por los soldados a causa de la furia del populacho. Y la multitud venía en masa detrás gritando:

«¡Mátalo! ¡Mátalo!»

En el momento en que iban a meterlo en la- fortaleza, Pablo dijo al tribuno: «Por favor, ¿me permites decirte dos palabras?» Y, a su vez, el tribuno le preguntó:

«¿Sabes griego? Pero, ¿no eres tú el egipcio que hace unos días promovió una rebelión y se llevó consigo al desierto cuatro mil bandidos?»

Pablo respondió:

«No; yo soy judío, nacido en Tarso, ciudadano de esta ilustre ciudad de Cilicia. Permíteme, por favor, dirigir la palabra al pueblo.»

Responsorio

R. Estamos continuamente entregados a la muerte por Jesús, * para que también la vida de Jesús se manifieste en esta nuestra vida mortal. Aleluya.

V. Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.

R. Para que también la vida de Jesús se manifieste en esta nuestra vida mortal. Aleluya.

Segunda lectura

Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

Todos los que participamos de la carne sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con él, como atestigua san Pablo, cuando dice, refiriéndose al misterio del amor misericordioso del Señor: El misterio que no fue dado a conocer a las pasadas generaciones ahora ha sido revelado por el Espíritu a los santos apóstoles y profetas: esto es, que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y copartícipes de las promesas divinas, en Cristo Jesús.

Y si somos unos para otros miembros de un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo entre nosotros mismos, sino también para aquel que está en nosotros por su carne, ¿por qué, entonces, no procuramos vivir plenamente esa unión que existe entre nosotros y con Cristo? Cristo, en efecto, es el vínculo de unidad, ya que es Dios y hombre a la vez.

Siguiendo idéntico camino, podemos hablar también de nuestra unión espiritual, diciendo que todos nosotros, por haber recibido un solo y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, estamos como mezclados unos con otros y con Dios. Pues, si bien es verdad que tomados cada uno por separado somos muchos, y en cada uno de nosotros Cristo hace habitar el Espíritu del Padre y suyo, este Espíritu es uno e indivisible, y a nosotros, que somos distintos el uno del otro en cuanto seres individuales, por su acción nos reúne a todos y hace que se nos vea como una sola cosa, por la unión que en él nos unifica.

Pues, del mismo modo que la virtualidad de la carne sagrada convierte a aquellos en quienes actúa en miembros de un mismo cuerpo, pienso que, del mismo modo, el único e indivisible Espíritu de Dios, al habitar en cada uno, los vincula a todos en la unidad espiritual.

Por esto nos exhorta también san Pablo: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos por mantener la unidad del espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo y lo invade todo. Al estar en cada uno de nosotros el único Espíritu, estará también, por el Hijo, el único Dios y Padre de todos, uniendo entre sí y consigo a los que participan del Espíritu.

Y el hecho de nuestra unión y comunicación del Espíritu Santo, en cierto modo, se hace también visible ya desde ahora. Pues, si, dejando de íado nuestra vida puramente natural, nos sometimos de una vez para siempre
a las leyes del espíritu, es evidente para todos nosotros que por haber dejado nuestra vida anterior y estar ahora unidos al Espíritu Santo, y por haber adquirido una hechura celeste y haber sido en cierta manera trans-
formados en un nuevo ser- ya no somos llamados simplemente hombres, sino también hijos de Dios y hombres celestiales, por nuestro consorcio con la naturaleza divina.

Por tanto, somos todos una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; una sola cosa por la identidad de condición, por la asimilación que obra el amor, por la comunión de la carne sagrada de Cristo y por la participación de un único y Santo Espíritu.

Responsorio

R. Puesto que es un solo pan, somos todos un solo cuerpo; * ya que todos participamos de ese único pan y de ese único cáliz. Aleluya.

V. Tu bondad, ¡oh Dios!, preparó casa para los pobres y desvalidos.

R. Ya que todos participamos de ese único pan y de ese único cáliz. Aleluya.

Oración.

Oremos:
Señor, haz que tu pueblo viva siempre en la alegría al ver renovada la juventud de su espíritu, y que el gozo de haber recobrado la dignidad de la adopción divina le de la firme esperanza de resucitar un día a la verdadera felicidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Conclusión.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.