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Oficio de lectura – martes 31 mayo 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

María subió a la montaña, y en ella subió el Señor; supo Isabel el misterio, y Juan exultó a su voz.

El lucero aún no nacía ni había aparecido el Sol; no hablaba aún la Palabra y el pregonero exultó.

Los vecinos, asombrados y mudos de admiración, vieron llegar por María
la Buena Nueva de Dios. Amén.

Salmodia

Ant. 1. María ha recibido la bendición del Señor y la misericordia de Dios, su salvador. Aleluya.

El siguiente salmo se puede tomar del sábado 16 de abril. Sábado Santo.

Salmo 23

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes:
El la fundó sobre los mares, El la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación.

Este es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles, levantaos, puertas antiguas: va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones! alzad los dinteles, levantaos, puertas antiguas: va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios de los ejércitos. Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén

Ant. María ha recibido la bendición del Señor y la misericordia de Dios, su salvador. Aleluya.

Ant. 2. El Altísimo consagra su morada. Aleluya.

Salmo 45

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas, que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan; pero él lanza su trueno y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe, rompe los arcos, quiebra las lanzas, prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios: más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén

Ant. El Altísimo consagra su morada. Aleluya.
Ant. 3. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!. Aleluya.

Salmo 86.

Él la ha cimentado sobre el monte santo; y el Señor prefiere las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob.

¡Qué pregón tan glorioso para ti ciudad de Dios! «Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y etíopes han nacido allí.»

Se dirá de Sión: «Uno por uno todos han nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado.»

El Señor escribirá en el registro de los pueblos: «Éste ha nacido allí.» Y cantarán mientras danzan: «Todas mis fuentes están en ti.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén

Ant. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!. Aleluya.

V. María conservaba todas estas cosas. Aleluya.
R. Meditándolas en su corazón. Aleluya.

Primera Lectura
Del libro del Cantar de los cantares 2, 8-14; 8, 6-7

La llegada del amado

¡Escucho una voz…! Es mi amado que ya llega, saltando sobre los montes, brincando por las colinas. Es mi amado semejante a un venado, a un ágil cervatillo. Vedle aquí ya apostado detrás de nuestra cerca, mirando por las ventanas, atisbando por las rejas. Empieza a hablar mi amado y me dice:

«Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven. Porque, mira, ya ha pasado el invierno, ya han cesado las lluvias y se han ido. Brotan flores en los campos, el tiempo de canciones ha llegado, ya el arrullo de la tórtola se ha escuchado en nuestra tierra. Apuntan ya los higos de la higuera, y las viñas en flor exhalan sus perfumes. ¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven! Paloma mía que anidas en los huecos de la peña, en las grietas del barranco, déjame escuchar tu voz, permíteme ver tu rostro, porque es muy dulce tu hablar y gracioso tu semblante.

Ponme como un sello sobre tu brazo, como un sello sobre tu corazón, porque el amor es fuerte como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; es centella de fuego, llamarada divina. Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable.»

Responsorio Lc 1, 41b-43. 44

R. Isabel quedó llena del Espíritu Santo y exclamó: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre; ¿Cómo he merecido yo que la madre de mi Señor venga a mi casa?» Aleluya.
V. Tan pronto como llegaron a mis oídos las palabras de tu saludo, dio luego el niño en mi seno saltos de alegría.
R. ¿Cómo he merecido yo que la madre de mi Señor venga a mi casa? Aleluya.

Segunda Lectura

María proclama la grandeza del señor por las obras que ha hecho en ella

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido concedidos, pero alude también a los beneficios comunes con que Dios no deja nunca de favorecer al género humano.

Proclama la grandeza del Señor el alma de aquel que consagra todos sus afectos interiores a la alabanza y al servicio de Dios y, con la observancia de los preceptos divinos, demuestra que nunca echa en olvido las proezas de la majestad de Dios.

Se alegra en Dios su salvador el espíritu de aquel cuyo deleite consiste únicamente en el recuerdo de su creador, de quien espera la salvación eterna.

Estas palabras, aunque son aplicables a todos los santos, hallan su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, por privilegio único, ardía en amor espiritual hacia aquel que llevaba corporalmente en su seno.

Ella con razón pudo alegrarse, más que cualquier otro santo, en Jesús, su salvador, ya que sabía que aquel mismo al que reconocía como eterno autor de la salvación había de nacer de su carne, engendrado en el tiempo, y había de ser, en una misma y única persona, su verdadero hijo y Señor.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. No se atribuye nada a sus méritos, sino que toda su grandeza la refiere a la libre donación de aquel que es por esencia poderoso y grande, y que tiene por norma levantar a sus fieles de su pequeñez y debilidad para hacerlos grandes y fuertes.

Muy acertadamente añade: Su nombre es santo, para que los que entonces la oían y todos aquellos a los que habían de llegar sus palabras comprendieran que la fe y el recurso a este nombre había de procurarles, también a ellos, una participación en la santidad eterna y en la verdadera salvación, conforme al oráculo profético que afirma: Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará, ya que este nombre se identifica con aquel del que antes ha dicho: Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.

Por esto se introdujo en la Iglesia la hermosa y saludable costumbre de cantar diariamente este cántico de María en la salmodia de la alabanza vespertina, ya que así el recuerdo frecuente de la encarnación del Señor enardece la devoción de los fieles y la meditación repetida de los ejemplos de la Madre de Dios los corrobora en la solidez de la virtud. Y ello precisamente en la hora de Vísperas, para que nuestra mente, fatigada y tensa por el trabajo y las múltiples preocupaciones del día, al llegar el tiempo del reposo, vuelva a encontrar el recogimiento y la paz del espíritu.

Responsorio Lc 1, 45. 46; Sal 65, 16

R. «Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» Y dijo María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor.»
V. Venid a escuchar, os contaré lo que Dios ha hecho conmigo.
R. Proclama mi alma la grandeza del Señor.

Himno

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos, A ti nuestra alabanza,
A ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran Y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo; Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles, La multitud de los profetas te enaltece, Y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa, Por todos los confines extendida, Con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo, Hijo eterno, unigénito de Dios, Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria, Tú el Hijo y Palabra del Padre, Tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre, Tomaste la condición de esclavo En el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte Y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora, Inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día, Como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor De los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino, Con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor, Y bendice a tu heredad.

Sé su pastor, Y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos Y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor, Guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor, Ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, Como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo, No quede yo nunca defraudado.

Oración.

Oremos,
Dios todopoderoso y eterno, tú que, cuando María llevaba en su seno a tu Hijo, le inspiraste que visitara a su prima santa Isabel, haz que nosotros seamos siempre dóciles a las inspiraciones de tu Espíritu, para que, con María, podamos proclamar eternamente tu grandeza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

Conclusión

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.