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Oficio de lectura – miércoles 01 junio 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Testigos de amor de Cristo Señor, mártires santos.

Rosales en flor de Cristo el olor, mártires santos.

Palabras en luz de Cristo Jesús, mártires santos.

Corona inmortal de Cristo total, mártires santos. Amén.

Salmodia

Ant. 1 Todos os odiarán por mi nombre, pero el que persevere hasta el fin se salvará. Aleluya.

Salmo 2

¿Por qué se amotinan las naciones, y los pueblos planean un fracaso?

Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías: «Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo.»

El que habita en el cielo sonríe, el Señor se burla de ellos. Luego les habla con ira, los espanta con su cólera: «Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión, mi monte santo.»

Voy a proclamar el decreto del Señor; él me ha dicho: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra: los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza.»

Y ahora, reyes, sed sensatos; escarmentad los que regís la tierra: servid al Señor con temor, rendidle homenaje temblando; no sea que se irrite, y vayáis a la ruina, porque se inflama de protno su ira. ¡Dichosos los que se refugian en él!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Todos os odiarán por mi nombre, pero el que persevere hasta el fin se salvará. Aleluya.

Ant. 2 Los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

Salmo 10

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís: «Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco, ajustan las saetas a la cuerda, para disparar en la sombra contra los buenos? Cuando fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el justo?»

Pero el Señor está en su templo santo el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia, él lo detesta. Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre, les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

Ant. 3 El Señor probó a los elegidos como oro en el crisol, y los recibió como sacrificio de holocausto para siempre. Aleluya.
Salmo 16

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi súplica, que en mis labios no hay engaño: emane de ti la sentencia, miren tus ojos la rectitud.

Aunque sondees mi corazón, visitándolo de noche, aunque me pruebes al fuego, no encontrarás malicia en mí.

Mi boca no ha faltado como suelen los hombres; según tus mandatos yo me he mantenido en la senda establecida. Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos.

Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras.

Muestra las maravillas de tu misericordia, tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme de los malvados que me asaltan, del enemigo mortal que me cerca.

Han cerrado sus entrañas y hablan con boca arrogante; ya me rodean sus pasos, se hacen guiños para derribarme, como un león ávido de presa, como un cachorro agazapado en su escondrijo.

Levántate, Señor, hazle frente, doblégalo, que tu espada me libre del malvado y tu mano, Señor, de los mortales; mortales de este mundo: sea su lote esta vida; de tu despensa les llenarás el vientre, se saciarán sus hijos y dejarán a sus pequeños lo que sobra.

Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 El Señor probó a los elegidos como oro en el crisol, y los recibió como sacrificio de holocausto para siempre.

Versículo.

V. Me asaltaban angustias y aprietos. Aleluya.
R/Tus mandatos son mi respuesta. Aleluya.

Primera lectura

Del libro del Apocalipsis 7, 9-17

Visión de la muchedumbre inmensa de los elegidos

En aquellos días, yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente:

«¡La Salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».

Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro seres se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios, diciendo:

«Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de, gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén».

Y uno de los ancianos me dijo:

«Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?». Yo le respondí:

«Señor mío, tú lo sabrás».

Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su santuario. Y Él que se sienta en el trono extenderá su tienda sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, ya no los molestará el sol ni calor alguno. Porque el Cordero que está en medio los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos».

Responsorio

R. Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida. * El vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda. Aleluya.

V. Hasta la muerte lucha por la justicia, y el Señor peleará a tu favor.

R. El vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda. Aleluya.

Segunda lectura

De las Actas del martirio de los santos Justino y compañeros

Aquellos santos varones, una vez apresados, fueron conducidos al prefecto de Roma, que se llamaba Rústico. Cuando estuvieron ante el tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino:

«Antes que nada, profesa tu fe en los dioses y obedece a los emperadores.»

Justino respondió:

«No es motivo de acusación ni de detención el hecho de obedecer a los mandamientos de nuestro Salvador Jesucristo.»

Rústico dijo: «¿Cuáles son las enseñanzas que profesas?»
Respondió Justino:

«Yo me he esforzado en conocer toda clase de enseñanzas, pero he abrazado las verdaderas enseñanzas de los cristianos, aunque no sean aprobadas por los que viven en el error.»

El prefecto Rústico dijo: «¿Y tú las apruebas, miserable?»

Respondió Justino: «Así es, ya que las sigo según sus rectos principios.»

Dijo el prefecto Rústico: «¿Y cuáles son estos principios?»

Justino respondió:

«Que damos culto al Dios de los cristianos, al que consideramos como el único creador desde el principio y artífice de toda la creación, de todo lo visible y lo invisible, y al Señor Jesucristo, de quien anunciaron los profetas que vendría como mensajero de salvación al género humano y maestro de insignes discípulos. Y yo, que no soy más que un mero hombre, sé que mis palabras están muy por debajo de su divinidad infinita, pero admito el valor de las profecías que atestiguan que éste, al que acabo de referirme, es el Hijo de Dios. Porque sé que los profetas hablaban por inspiración divina al vaticinar su venida a los hombres.»

Rústico dijo: «Luego, ¿eres cristiano?»

Justino respondió:

«Así es, soy cristiano.»

El prefecto dijo a Justino: «Escucha, tú que eres tenido por sabio y crees estar en posesión de la verdad: si eres flagelado y decapitado ¿estás persuadido de que subirás al cielo?»

Justino respondió:

«Espero vivir en la casa del Señor, si sufro tales cosas, pues sé que, a todos los que hayan vivido rectamente, les está reservado el don de Dios para el fin del mundo.»

El prefecto Rústico dijo:

«Tú, pues, supones que has de subir al cielo, para recibir un cierto premio merecido.»

Justino respondió:

«No lo supongo, lo sé con certeza.»

El prefecto Rústico dijo:

«Dejemos esto y vayamos a la cuestión que ahora interesa y urge. Poneos de acuerdo y sacrificad a los dioses.»

Justino dijo:

«Nadie que piense rectamente abandonará la piedad para caer en la impiedad.»

El prefecto Rústico dijo:

«Si no hacéis lo que se os manda, seréis atormentados sin piedad.»

Justino respondió:

«Nuestro deseo es llegar a la salvación a través de los tormentos sufridos por causa de nuestro Señor Jesucristo, ya que ello será para nosotros motivo de salvación y de confianza ante el tribunal de nuestro Señor y Salvador, que será universal y más temible que éste.»

Los otros mártires dijeron asimismo:

«Haz lo que quieras; somos cristianos y no sacrificamos a los ídolos.»

El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo:

«Por haberse negado a sacrificar a los dioses y a obedecer las órdenes del emperador, serán flagelados y decapitados en castigo de su delito y a tenor de lo establecido por la ley.»

Los santos mártires salieron, glorificando a Dios, hacia el lugar acostumbrado y allí fueron decapitados, coronando así el testimonio de su fe en el Salvador.

Responsorio Cf. Hch 20, 20. 21. 24; Rm 1, 16

R. No he ahorrado medio alguno al insistiros a creer en nuestro Señor Jesús; * a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios. Aleluya.

V. No me avergüenzo del Evangelio; es, en verdad, poder de Dios para salvación de todo el que crea, primero de los judíos y luego de los gentiles.

R. A mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios. Aleluya.

Oremos,

Dios nuestro, que enseñaste a san Justino a descubrir en la locura de la cruz la incomparable sabiduría de Jesucristo, concédenos, por la intercesión de éste mártir, la gracia de alejar los errores que nos cercan y de mantenernos siempre firmes en la fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

Conclusión

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.