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Oficio de lectura – miercoles 17 agosto 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: Pues busco, debo encontrar

Pues busco, debo encontrar; pues llamo, débanme abrir; pues pido, me deben dar; pues amo, débanme amar aquel que me hizo vivir.

¿Calla? Un día me hablará. ¿Pasa? No lejos irá. ¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá: pues tiene alas mi alma, y va volando detrás de él.

Es poderoso, mas no podrá mi amor esquivar; invisible se volvió, más ojos de lince yo tengo y le habré de mirar.

Alma, sigue hasta el final en pos del Bien de los bienes, y consuélate en tu mal
pensando con fe total: ¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén

Salmodia

Ant 1. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Salmo 102

Himno a la misericordia de dios

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura; él sacia de bienes tus anhelos, y como un águila se renueva tu juventud.

El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos; enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Ant 2. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.

Salmo 102

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.

Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro.

Los días del hombre duran lo que la hierba, florecen como flor del campo, que el viento la roza, y ya no existe, su terreno no volverá a verla.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.

Ant 3. Bendecid al Señor, todas sus obras.

Salmo 102

Pero la misericordia del Señor dura siempre, su justicia pasa de hijos a nietos: para los que guardan la alianza y recitan y cumplen sus mandatos.

El Señor puso en el cielo su trono, su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra.

Bendecid al Señor, ejércitos suyos, servidores que cumplís sus deseos.
Bendecid al Señor, todas sus obras, en todo lugar de su imperio.

Bendice, alma mía, al Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Bendecid al Señor, todas sus obras.

V. Ábreme, Señor, los ojos.
R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad.

Primera lectura

Del libro del Qohelet 5, 9-6, 8

Vanidad de las riquezas

Quien ama el dinero no se harta de él, y para quien ama las riquezas no bastan ganancias. También esto es vanidad. A muchos bienes, muchos parásitos; y ¿de qué más sirven a su dueño que para verlos con sus ojos? Dulce el sueño del obrero, coma poco o coma mucho; pero al rico la hartura no le deja dormir.

Hay un grave mal que yo he visto bajo el sol: riqueza guardada para su dueño, y que sólo sirve para su mal, pues las riquezas perecen en un mal negocio y, si engendra un hijo, nada queda ya en su mano.

Como salió del vientre de su madre, desnudo volverá el hombre, como ha venido; y nada podrá sacar de sus fatigas que pueda llevar consigo. También esto es grave mal: que tal como vino se vaya; y ¿de qué le vale el fatigarse para el viento? Todos los días come en oscuridad, y los pasa en la pena y el fastidio, en la enfermedad y el enojo.

Esto he experimentado: lo mejor para el hombre es comer, beber y pasarlo bien con el fruto de su trabajo con que se afana bajo el sol, en los contados días de su vida que Dios le da; porque es su parte. Y además: cuando a cualquier hombre Dios da riquezas y hacienda y le permite disfrutar de ellas, tomar su paga y holgarse en medio de sus fatigas, esto es un don de Dios. Porque así no tiene que pensar mucho en los días de su vida, mientras Dios le llena de alegría el corazón.

Hay otro mal que observo bajo el sol, y que pesa sobre el hombre. Un hombre a quien Dios da riquezas, tesoros y honores; nada le falta de lo que desea, pero Dios no le concede disfrutar de ello, porque un extraño lo disfruta. Esto es vanidad y gran desgracia.

Si alguno que tiene cien hijos y vive muchos años y, por muchos que sean sus años, no se sacia su alma de felicidad y ni siquiera halla sepultura, entonces yo digo: «Más feliz es un aborto, pues en la oscuridad vino y en la oscuridad se va; mientras su nombre queda oculto en las tinieblas. No ha visto el sol, no lo ha conocido, y ha tenido más descanso que el otro. Y aunque hubiera vivido por dos veces mil años, pero sin gustar la felicidad, ¿no caminan acaso todos al mismo lugar?»

Todo el mundo se fatiga para comer y, a pesar de todo, nunca se harta. ¿En qué supera el sabio al necio? ¿En qué al pobre que sabe vivir su vida?

Responsorio Pr 30, 8; Sal 30, 15-16

R. Aleja de mí la falsedad y la mentira; no me des riqueza ni pobreza, concédeme tan sólo el alimento necesario.

V. Yo confío en ti, Señor, en tu mano está mi destino.
R. No me des riqueza ni pobreza, concédeme tan sólo el alimento necesario.

Segunda lectura

Del Comentario de san Jerónimo presbítero, sobre el Eclesiastés
(PL 23, 1057-1059)

Buscad las cosas de arriba

Cuando a cualquier hombre Dios da riquezas y hacienda y le permite disfrutar de ellas, tomar su paga y holgarse en medio de sus fatigas, esto es un don de Dios. Porque así no tiene que pensar mucho en los días de su vida, mientras Dios le llena de alegría el corazón. Lo que se afirma aquí es que, en comparación de aquel que come de sus riquezas en la oscuridad de sus muchos cuidados y reúne con enorme cansancio bienes perecederos, es mejor la condición del que disfruta de lo presente. Éste, en efecto, disfruta de un placer, aunque pequeño; aquél, en cambio, sólo experimenta grandes preocupaciones. Y explica el motivo por qué es un don de Dios el poder disfrutar de las riquezas: Porque así no tiene que pensar mucho en los días de su vida.

Dios, en efecto, hace que se distraiga con alegría de corazón: no estará triste, sus pensamientos no lo molestarán, absorto como está por la alegría y el goce presente. Pero es mejor entender esto, según el Apóstol, de la comida y bebida espirituales que nos da Dios, y reconocer la bondad de todo aquel esfuerzo, porque se necesita gran trabajo y esfuerzo para llegar a la contemplación de los bienes verdaderos. Y ésta es la suerte que nos pertenece: alegrarnos de nuestros esfuerzos y fatigas. Lo cual, aunque es bueno, sin embargo, no es aún la bondad total, hasta que se manifieste Cristo, que es nuestra vida.

Todo el mundo se fatiga para comer y, a pesar de todo, nunca se sacia su alma. ¿En qué supera el sabio al necio? ¿En qué al pobre que sabe vivir su vida? Todo aquello por lo cual se fatigan los hombres en este mundo se consume con la boca y, una vez triturado por los dientes, pasa al vientre para ser digerido. Y el pequeño placer que causa a nuestro paladar dura tan sólo el momento en que pasa por nuestra garganta.

Y, después de todo esto, nunca se sacia el alma del que come: ya porque vuelve a desear lo que ha comido (y tanto el sabio como el necio no pueden vivir sin comer, y el pobre sólo se preocupa de cómo podrá sustentar su débil organismo para no morir de inanición), ya porque el alma ningún provecho saca de este alimento corporal, y la comida es igualmente necesaria para el sabio que para el necio, y allí se encamina el pobre donde adivina que hallará recursos.

Es preferible entender estas afirmaciones como referidas al hombre eclesiástico, el cual, instruido en las Escrituras santas, se fatiga para comer y, a pesar de todo, nunca se sacia su alma, porque siempre desea aprender más. Y en esto sí que el sabio aventaja al necio; porque, sintiéndose pobre (aquel pobre que es proclamado dichoso en el Evangelio), trata de comprender aquello que pertenece a la vida, anda por el camino angosto y estrecho que lleva a la vida, es pobre en obras malas y sabe dónde habita Cristo, que es la vida.

Responsorio Cf. Sir 23, 4-6. 1. 3

R. Señor, padre y dueño de mi vida, no permitas que mis ojos sean altaneros, aparta de mí los malos deseos, que la sensualidad y la lascivia no se apoderen de mí.

V. No me abandones, Señor, para que no aumenten mis ignorancias ni se multipliquen mis pecados.
R. Que la sensualidad y la lascivia no se apoderen de mí.

Oremos,
Oh Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman, infunde el amor de tu nombre en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos tus promesas que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

Conclusión

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.