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Oficio de lectura – miércoles 20 abril 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor date prisa en socorrerme.

V/. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
R/. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno:

Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.

Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa. Amén.

Salmodia

Ant. 1 Señor, Dios mío, qué grande eres. Aleluya.

Salmo 103

Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, ¡qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda, contruyes tu morada sobre las aguas; las nubes te sirven de carroza, avanzas en las alas del viento; los vientos te sirven de mensajeros; el fuego llameante, de ministro.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos, y no vacila jamás; la cubriste con el manto del océano, y las aguas se posaron sobre las montañas; pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron, mientras subían los montes y bajaban los valles: cada cual al puesto asignado.

Trazaste una frontera que no traspasarán, y no volverán a cubrir la tierra.

De las manantiales sacas los ríos, para que fluyan entre los montes; en ellos beben las fieras de los campos, el asno salvaje apaga su sed; junto a ellos habitan las aves del cielo, y entre las frondas se oye su canto.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Señor, Dios mío, qué grande eres. Aleluya.
Ant. 2 La tierra se sacia, Señor, de tu acción fecunda. Aleluya.

Desde tu morada riegas los montes, y la tierra se sacia de tu acción fecunda; haces brotar hierba para los ganados, y forraje para los que sirven al hombre.

Él saca pan de los campos, y vino que le alegra el corazón; y aceite que da brillo a su rostro, y alimento que le da fuerzas.

Se llenan de savia los árboles del Señor, los cedros del Líbano que él plantó: allí anidan los pájaros, en su cima pone casa la cigüeña. Los riscos son para las cabras, las peñas son madriguera de erizos.

Hiciste la luna con sus fases, el sol conoce su ocaso. Pones las tinieblas y viene la noche y rondan las fieras de la selva; los cachorros rugen por la presa, reclamando a Dios su comida.

Cuando brilla el sol, se retiran, y se tumban en sus guaridas; el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 La tierra se sacia, Señor, de tu acción fecunda. Aleluya.
Ant. 3 Gloria a Dios para siempre. Aleluya.

¡Cuántas son tus obras, Señor, ¡y todas las hiciste con sabiduría!; la tierra está llena de tus creaturas.

Ahí está el mar: ancho y dilatado, en él bullen, sin número, animales pequeños y grandes; lo surcan las naves, y el Leviatán que modelaste para que retoce.

Todos ellos aguardan a que les eches comida a su tiempo: la echas, y la atrapan; abres tu manto y se sacian de bienes;

escondes tu rostro, y se espantan; les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Cuando él mira la tierra, ella tiembla; cuanto toca los montes, humean.

Cantaré al Señor mientras viva, tocaré para mi Dios mientras exista: que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

Que se acaben los pecadores en la tierra, que los malvados no existan más, ¡Bendice, alma mía, al Señor!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Gloria a Dios para siempre. Aleluya.

Versículo

V. Dios resucitó al Señor. Aleluya.
R. Y nos resucitará también a nosotros por su poder, Aleluya.

Primera lectura

De los Hechos de los apóstoles 2, 22-41

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Hombres de Israel, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazareno, a este hombre acreditado por Dios con milagros, prodigios y señales, que por su medio Dios realizó en vuestra presencia, como bien lo sabéis, a este hombre, que fue entregado a la muerte porque así estaba previsto y querido por Dios, a este hombre habéis quitado la vida, clavándolo en cruz por mano de los infieles. Pero Dios, rompiendo las ataduras de la muerte, lo resucitó, porque era imposible que continua se dominado por ella. Así, David dice de él:

«Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón y se goza mi lengua; y hasta mi carne descansa en la esperanza, porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia.»

Hermanos, permitidme que os hable con libertad y franqueza: el patriarca David murió y fue sepultado; y su sepulcro se conserva todavía hoy entre nosotros. Pero, siendo como era profeta, y sabiendo que Dios le había prometido y jurado colocar en su trono un descendiente de su raza, con visión profética habló de la resurrección del Mesías: de cómo no ha sido abandonado en la región de los muertos, y de cómo su cuerpo no ha experimentado la corrupción. A éste, que no es otro sino Jesús, Dios lo ha resucitado; testigos somos todos nosotros.

Ahora bien, entronizado como está a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha derramado ahora. Eso es lo que estáis viendo y oyendo. Pues no fue David quien subió a los cielos; bien lo dice él mismo: «Oráculo del Señor a mi Señor:
Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies.» Así, pues, que todo el pueblo de Israel lo sepa con absoluta certeza: Dios ha constituido Señor y Mesías a este mismo Jesús, a quien vosotros habéis crucificado.»

Después de escuchar este discurso, sintieron compungirse vivamente sus corazones, y, dirigiéndose a Pedro y a los demás apóstoles, les dijeron: «Hermanos, ¿qué es lo que tenemos que hacer?»
Pedro les contestó: «Arrepentios, y bautizaos en el nombre de Jesús, el Mesías, para alcanzar el perdón de vuestros pecados; así recibiréis el don del Espíritu Santo. La promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que llame el Señor Dios nuestro, aunque estén lejos.» Y con otras muchas razones los exhortaba, diciendo: «Salvaos de esta generación perversa.»

Ellos, por su parte, acogieron favorablemente su palabra, y se hicieron bautizar. Y se agregaron aquel día ala comunidad unas tres mil personas.

Responsorio

R. Los que acogieron favorablemente la palabra de Pedro se hicieron bautizar; eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles. Los creyentes vivían todos unidos, y lo tenían todo en común. Aleluya.

V. Ved qué paz y qué alegría, convivir los hermanos unidos.

R. Los creyentes vivían todos unidos, y lo tenían todo en común. Aleluya.

Segunda lectura

De una Homilía pascual de un autor antiguo

El apóstol Pablo, recordando la dicha de la salvación restaurada, exclama: Del mismo modo que por Adán la muerte entró en el mundo, así también por Cristo ha sido restablecida la salvación en el mundo; y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo.

Y aun añade: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, esto es, del hombre viejo, pecador, seremos también imagen del hombre celestial, esto es, del reconocido por Dios, del redimido, del restaurado. Esforcémonos, por tanto, en conservar la salvación que nos
viene de Cristo, ya que el mismo Apóstol dice: Primero, Cristo, esto es, el autor de la resurrección y la vida; después, los de Cristo, esto es, los que, imitando el ejemplo
de su vida íntegra, tendrán una esperanza cierta, basada en la resurrección del Señor, de la futura posesión de la misma gloria celestial que él posee, como dice el mismo Señor en el Evangelio: El que me sigue no perecerá, sino que pasará de la muerte a la vida.

Así, pues, la pasión del Salvador es la salvación de la vida humana. Para esto quiso morir por nosotros, para que nosotros, creyendo en él, viviéramos para siempre. Quiso hacerse como nosotros en el tiempo, para que nosotros, alcanzando la eternidad que él nos promete, viviéramos con él para siempre.

Éste, digo, es aquel don gratuito de los misterios celestiales, esto es lo que nos da la Pascua, esto significa la ansiada solemnidad anual, éste es el principio de la
nueva creación.

Por esto los neófitos que la santa Iglesia ha dado a luz mediante el baño de vida hacen resonar los balidos de una conciencia inocente con sencillez de recién nacidos. Por esto unos castos padres y unas madres honestas alcanzan por la fe una nueva e innumerable progenie.

Por esto, bajo el árbol de la fe, brilla el resplandor de los cirios en la fuente bautismal inmaculada. Por esto los que han nacido a esta nueva vida son santificados con el don celestial y alimentados con el solemne misterio del sacramento espiritual.

Por esto la comunidad de los fieles, alimentada en el regazo maternal de la Iglesia, formando un solo pueblo, adora al Dios único en tres personas, cantando el salmo de la festividad por excelencia: Éste es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo.

¿De qué día se trata? De aquel que nos da el principio de vida, que es el origen y el autor de la luz, esto es, el mismo Señor Jesucristo, quien afirma de sí mismo: Yo soy el día; quien camina de día no tropieza, esto es, quien sigue a Cristo en todo llegará, siguiendo sus huellas, hasta el trono de la luz eterna; según aquello que él mismo pidió al Padre por nosotros, cuando vivía aún en su cuerpo mortal: Padre, quiero que todos los que han creído en mí estén conmigo allí donde yo esté; para que, así como tú estás en mí y yo en ti, estén
ellos en nosotros.

Responsorio

R. El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo es del cielo. * Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Aleluya.

V. Pues igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales.

R. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Aleluya.

Himno final

En los domingos, en las solemnidades y en las fiestal después del segundo responsorio, se dice el siguiente himno:

A ti, oh Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre, te venera toda la creación.
Los ángeles todos, los cielos y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo.
Los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
A ti te ensalza el glorioso coro de los Apóstoles, la multitud admirable de los Profetas, el blanco ejército de los mártires.A ti la Iglesia santa, extendida por toda la tierra, te proclama:
Padre de inmensa majestad, Hijo único y verdadero, digno de adoración, Espíritu Santo, Defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo. Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre, aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte, abriste a los creyentes el reino del cielo.
Tú te sientas a la derecha de Dios en la gloria del Padre.
Creemos que un día has de venir como juez.
Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos, a quienes redimiste con tu preciosa sangre.

Haz que en la gloria eterna nos asociemos a tus santos. Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad. Sé su pastor y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos y alabamos tu nombre para siempre, por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié, no me veré defraudado para siempre.

Oración.

Oremos:
Dios nuestro, que todos los años nos alegras con la
solemnidad de la resurrección del Señor, concédenos
que la celebración de estas fiestas aquí en la tierra nos
lleve a gozar de la eterna alegría en el cielo. Por nuestro
Señor Jesucristo, tu Hijo.

Conclusión.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.