Inicio - Oraciones - Oficio de Lectura - Oficio de lectura – sábado 10 enero 2026
[wd_asp id=1]

Filtro

filtro evangelio
filtro reflexiones
filtro Oraciones
filtro ESPECIALES
filtro BUENAS NOTICIAS

Oficio de lectura – sábado 10 enero 2026

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Himno: AYER, EN LEVE CENTELLA

Ayer, en leve centella,

te vio Moisés sobre el monte;

hoy no basta el horizonte

para contener tu estrella.

Los magos preguntan; y ella

de un Dios infante responde

que en duras pajas se acuesta

y más se nos manifiesta

cuanto más hondo se esconde. Amén.

 

SALMODIA

Ant 1. Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación.

Salmo 105 I : BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN.

 

Dad gracias al Señor porque es bueno:

porque es eterna su misericordia.

 

¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,

pregonar toda su alabanza?

Dichosos los que respetan el derecho

y practican siempre la justicia.

 

Acuérdate de mí por amor a tu pueblo,

visítame con tu salvación:

para que vea la dicha de tus escogidos,

y me alegre con la alegría de tu pueblo,

y me gloríe con tu heredad.

 

Hemos pecado como nuestros padres,

hemos cometido maldades e iniquidades.

Nuestros padres en Egipto

no comprendieron tus maravillas;

 

no se acordaron de tu abundante misericordia,

se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo,

pero Dios los salvó por amor de su nombre,

para manifestar su poder.

 

Increpó al mar Rojo, y se secó,

los condujo por el abismo como por tierra firme;

los salvó de la mano del adversario,

los rescató del puño del enemigo;

 

las aguas cubrieron a los atacantes,

y ni uno sólo se salvó:

entonces creyeron sus palabras,

cantaron su alabanza.

 

Bien pronto olvidaron sus obras,

y no se fiaron de sus planes:

ardían de avidez en el desierto

y tentaron a Dios en la estepa.

Él les concedió lo que pedían,

pero les mandó un cólico por su gula.

 

Envidiaron a Moisés en el campamento,

y a Aarón, el consagrado al Señor:

se abrió la tierra y se tragó a Datán,

se cerró sobre Abirón y sus secuaces;

un fuego abrasó a su banda,

una llama consumió a los malvados.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación.

 

Ant 2. No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.

 

Salmo 105 II

 

En Horeb se hicieron un becerro,

adoraron un ídolo de fundición,1

cambiaron su Gloria por la imagen

de un toro que come hierba.

 

Se olvidaron de Dios, su salvador,

que había hecho prodigios en Egipto,

maravillas en el país de Cam,

portentos junto al mar Rojo.

 

Dios hablaba ya de aniquilarlos;

pero Moisés, su elegido,

se puso en la brecha frente a él

para apartar su cólera del exterminio.

 

Despreciaron una tierra envidiable,

no creyeron en su palabra;

murmuraban en las tiendas,

no escucharon la voz del Señor.

 

El alzó la mano y juró

que los haría morir en el desierto,

que dispersaría su estirpe por las naciones

y los aventaría por los países.

 

Se acoplaron con Baal Fegor,

comieron de los sacrificios a dioses muertos;

provocaron a Dios con sus perversiones,

y los asaltó una plaga;

 

pero Finés se levantó e hizo justicia,

y la plaga cesó;

y se le apuntó a su favor

por generaciones sin término.

 

Lo irritaron junto a las aguas de Meribá,

Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos;

le habían amargado el alma,

y desvariaron sus labios.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.

 

Ant 3. Sálvanos, Señor, y reúnenos de entre los gentiles.

 

Salmo 105 III

 

No exterminaron a los pueblos

que el Señor les había mandado;

emparentaron con los gentiles,

imitaron sus costumbres;

 

adoraron sus ídolos

y cayeron en sus lazos;

inmolaron a los demonios

sus hijos y sus hijas;

 

derramaron la sangre inocente

y profanaron la tierra ensangrentándola;

se marcharon con sus acciones

y se prostituyeron con sus maldades.

 

La ira del Señor se encendió contra su pueblo,

y aborreció su heredad;

los entregó en manos de gentiles,

y sus adversarios los sometieron;

sus enemigos los tiranizaban

y los doblegaron bajo su poder.

 

Cuántas veces los libró;

mas ellos, obstinados en su actitud,

perecían por sus culpas;

pero él miró su angustia,

y escuchó sus gritos.

 

Recordando su pacto con ellos,

se arrepintió con inmensa misericordia;

hizo que movieran a compasión

a los que los habían deportado.

 

Sálvanos, Señor, Dios nuestro,

reúnenos de entre los gentiles:

daremos gracias a tu santo nombre,

y alabarte será nuestra gloria.

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

desde siempre y por siempre.

Y todo el pueblo diga: «¡Amén!»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Sálvanos, Señor, y reúnenos de entre los gentiles.

 

V. Él era la luz verdadera
R. Que ilumina a todos los hombres.

 

PRIMERA LECTURA

 

Del libro del profeta Baruc 4, 30-5, 9

ALEGRÍA DE LA NUEVA JERUSALÉN

¡Ánimo, Jerusalén! El que te dio su nombre te consuela. Malditos los que te hicieron mal y se alegraron de tu caída, malditas las naciones que esclavizaron a tus hijos, maldita la ciudad que los aceptó. Como se alegró de tu caída y disfrutó de tu ruina, llorará su propia desolación. Le quitaré la población de que se enorgullece, y su arrogancia se convertirá en duelo.

El Eterno le enviará un fuego que arderá muchos días, y la habitarán largos años los demonios. Mira hacia levante, Jerusalén, contempla el gozo que Dios te envía. Ya llegan los hijos que despediste, reunidos por la palabra del Santo en oriente y occidente; ya llegan alegres y dando gloria a Dios. Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te da, envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno; porque Dios mostrará tu esplendor a todo lo que hay bajo el cielo. Dios te dará para siempre este nombre: «Paz de la justicia» y «Gloria de la piedad». Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia oriente y contempla a tus hijos, reunidos de oriente y occidente a la voz del Santo, gozosos invocando a Dios.

A pie se marcharon, conducidos por el enemigo, pero Dios te los traerá con gloria como llevados en carroza real. Dios ha mandado abajarse a los montes elevados y a las colinas encumbradas, ha mandado llenarse a los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad guiado por la gloria de Dios; ha mandado al boscaje y a los árboles aromáticos hacer sombra a Israel. Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia.

Responsorio Ba 5, 5; Is 60, 5

R. Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia oriente * y contempla a tus hijos, reunidos de oriente y occidente a la voz del Santo.

V. Cuando esto veas, te pondrás radiante de alegría; se estremecerá y se ensanchará tu corazón, pues vendrán a ti las riquezas de las naciones. R. Y contempla a tus hijos, reunidos de oriente y occidente a la voz del Santo

 

SEGUNDA LECTURA

 

De los Sermones de Fausto de Riez, obispo

(Sermón 5, Sobre la Epifanía, 2: PLS 3, 560-562)

 

LAS BODAS DE CRISTO CON LA IGLESIA

 

Al tercer día se celebraron unas bodas. Estas bodas significan la celebración festiva y gozosa de nuestra salvación, que nos viene de la confesión de la Trinidad y de nuestra fe en la resurrección, como insinúa el significado místico ternario de la expresión al tercer día.

En este mismo sentido nos habla otro pasaje evangélico de cómo la vuelta del hijo pródigo, que representa la conversión de los gentiles, es celebrada con músicas y danzas y con vestiduras nupciales.

 

Así pues, el Señor, como el esposo que sale de su alcoba, bajó a la tierra para, mediante su encarnación, unirse en matrimonio con la Iglesia, reunida de entre los gentiles, a la que dio arras y dote: arras, cuando Dios se unió al hombre; dote, cuando fue inmolado por la salvación del hombre. Las arras significan la redención actual; la dote la vida eterna. Aquello que externamente era un milagro es también, si se penetra en su significado, un misterio. Si lo consideramos atentamente, descubriremos en aquella agua convertida en vino una cierta similitud con el bautismo y la regeneración cristiana. Aquella transformación intrínseca de un elemento a otro, aquella misteriosa conversión de una creatura inferior en otra de distinta especie y superior es una anticipación simbólica de nuestro segundo nacimiento. El agua que ahora es transformada habría de realizar luego la transformación del hombre.

 

Por obra de Cristo se produce en Galilea un vino nuevo, esto es, cesa la ley y le sucede la gracia; es retirada la sombra y se hace presente la realidad; lo carnal es equiparado a lo espiritual; la antigua observancia se transforma en el nuevo Testamento; como dice el Apóstol: Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado; y, del mismo modo que el agua contenida en las tinajas, sin mermar en su propio ser, adquiere una nueva entidad, así también la ley no queda destruida con la venida de Cristo, al contrario, queda clarificada y ennoblecida.

 

Como faltase vino, Cristo suministra un vino nuevo; bueno es el vino del antiguo Testamento, pero el del nuevo es mejor; el antiguo Testamento, que observan los judíos, se diluye en la materialidad de la letra, mientras que el nuevo, al que pertenecemos nosotros, nos comunica el buen sabor de vida y de gracia.

 

Buen vino, esto es, buen precepto es aquel de la ley antigua: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero mejor y más fuerte es el vino del Evangelio, que nos manda: Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y haced bien a los que os odian.

RESPONSORIO Cf, Tb 13, 11. 13-14; Lc 13, 29

R. Jerusalén, ciudad de Dios, brillarás cual luz de lámpara y todos los confines de la tierra vendrán a ti; pueblos numerosos vendrán de lejos; * y, trayendo sus ofrendas, adorarán en ti al Señor.

V. Vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur.

R. Y, trayendo sus ofrendas, adorarán en ti al Señor.

 

ORACIÓN.

 

OREMOS,

Dios todopoderoso y eterno, que por medio de tu Hijo has transformado a la humanidad en una nueva creatura, concédenos, por tu gracia, participar siempre de la naturaleza divina de aquel que ha llevado hasta ti nuestra naturaleza humana. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén

 

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.

R. Demos gracias a Dios.