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Oficio de lectura – sábado 10 septiembre 2022

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: Señor, tú que llamaste

Señor, tú que llamaste del fondo del no ser todos los seres, prodigios del cincel de tu palabra, imágenes de ti resplandecientes;

Señor, tú que creaste la bella nave azul en que navegan los hijos de los hombres, entre espacios repletos de misterio y luz de estrellas;

Señor, tú que nos diste la inmensa dignidad de ser tus hijos, no dejes que el pecado y que la muerte destruyan en el hombre el ser divino.

Señor, tú que salvaste al hombre de caer en el vacío, recréanos de nuevo en tu Palabra y llámanos de nuevo al paraíso.

Oh Padre, tú que enviaste al mundo de los hombres a tu Hijo, no dejes que se apague en nuestras almas la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén

Salmodia

Ant 1. Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Salmo 106

Acción de gracias: Dios salva a su pueblo de las crisis por las que pasa a través de la historia

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor, los que él rescató de la mano del enemigo, los que reunió de todos los países: norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario, no encontraban el camino de ciudad habitada; pasaban hambre y sed, se les iba agotando la vida; pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación.

Los guió por un camino derecho, para que llegaran a ciudad habitada.

Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Calmó el ansia de los sedientos, y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas, cautivos de hierros y miserias; por haberse rebelado contra los mandamientos, despreciando el plan del Altísimo.

Él humilló su corazón con trabajos, sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas, arrancó sus cadenas.
Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Destrozó las puertas de bronce, quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos, por sus maldades, por sus culpas eran afligidos; aborrecían todos los manjares, y ya tocaban las puertas de la muerte.

Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra, para curarlos, para salvarlos de la perdición.
Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Ofrézcanle sacrificios de alabanza, y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Ant 2. Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Salmo 106

Entraron en naves por el mar, comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios, sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso, que alzaba las olas a lo alto: subían al cielo, bajaban al abismo, su vida se marchitaba por el mareo, rodaban, se tambaleaban como ebrios, y no les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa, y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bonanza, y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo, alábenlo en el consejo de los ancianos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Ant 3. Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor.

Salmo 106

El transforma los ríos en desierto, los manantiales de agua en aridez; la tierra fértil en marismas, por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques, el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos, y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos, recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican, y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso de infortunios y desgracias, el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes y los descarría por una soledad sin caminos levanta a los pobres de la miseria y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran, a la maldad se le tapa la boca.
El que sea sabio, que recoja estos hechos y comprenda la misericordia del Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor.

V. Tu fidelidad, Señor, llega hasta las nubes.
R. Tus sentencias son como el océano inmenso.

Primera lectura

De la carta del apóstol san Judas 1-8. 12-13. 17-25

Reprobación de los impíos y exhortación a los que son fieles

Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, a los amados por Dios Padre y custodiados como posesión de Jesucristo, que han sido convocados: que Dios os conceda participar cada vez más de su misericordia, de su paz y de su amor.

Queridos hermanos, tenía sumo interés en escribiros acerca de la salvación que nos concierne a todos; y ahora me veo obligado a hacerlo. Quiero daros alientos para que sigáis luchando por conservar intacta la fe, esta fe que ha sido transmitida de una vez para siempre a los fieles. Es el caso que entre vosotros se han introducido solapadamente algunos a quienes ya desde hace tiempo tiene señalados la Escritura para recibir esta sentencia. Son hombres impíos que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios y niegan al único Dueño y Señor nuestro, Jesucristo.

Quiero recordaros, aunque ya sabéis perfectamente todo esto, que el Señor, después de haber salvado de Egipto a su pueblo, hizo luego perecer a los que no tuvieron fe; que castigó a los ángeles que no conservaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, y envolviéndolos en tinieblas y reduciéndolos a eterna prisión los tiene reservados para el juicio del gran día; y que Sodoma y Gomorra y las ciudades circunvecinas, que como ellos fornicaron y se fueron tras una carne diferente, quedaron para escarmiento, sufriendo el castigo de un fuego eterno.

A pesar de ello, también estos alucinados manchan como ellos su cuerpo, rechazan el señorío de Cristo e insultan a los seres gloriosos. Son ellos deshonra de vuestros ágapes, en los cuales banquetean desvergonzadamente, apacentándose a sí mismos. Son nubes sin agua que el viento arrastra, árboles de final de otoño que no tienen fruto y están completamente secos y sin raíces, olas furiosas del mar que arrojan la espuma de su torpeza, estrellas fugaces para las que está reservada la oscuridad de las tinieblas para siempre.

Pero vosotros, carísimos, acordaos de las palabras dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Ellos os repetían: «En los últimos tiempos vendrán hombres sarcásticos que vivirán al capricho de sus pasiones en todo género de impiedad.» Estos son los que introducen discordias y no tienen otras miras que las terrenas, pues no poseen el espíritu de Dios. Pero vosotros, queridos hermanos, seguid edificándoos sobre el santísimo edificio de vuestra fe, continuad orando en el Espíritu Santo y conservaos en la caridad de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna. A los que vacilan, tratad de convencerlos; a otros, salvadlos, arrancándolos del fuego; a otros, en fin, mostradles misericordia, pero con cautela, teniendo aversión aun a la túnica contaminada por su cuerpo.

A aquel que puede guardaros inmunes de pecado y haceros comparecer sin mancha y con verdadero júbilo ante su gloria, al único Dios, salvador nuestro por medio de Jesucristo nuestro Señor, la gloria, la majestad, el imperio y el poder, desde antes de los siglos, ahora y por siempre jamás. Amén.

Responsorio Tt 2, 12-13; Hb 10, 24

R. Desechando la impiedad y las ambiciones del mundo, vivamos con sensatez, justicia y religiosidad en esta vida; aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.

V. Miremos los unos por los otros, para estimularnos a la caridad y a las buenas obras.
R. Aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.

Segunda lectura

De las Disertaciones de san Atanasio, obispo

Renueva nuestros días como antaño

El Verbo eterno del Padre no abandonó la naturaleza humana que corría hacia su ruina, sino que con la oblación de su propio cuerpo destruyó la muerte bajo cuyo dominio el hombre había sucumbido, con sus enseñanzas corrigió los errores humanos y con su poder restauró los bienes que el género humano había perdido.

Quienquiera que lea los escritos de los discípulos del Señor verá confirmado, con la autoridad de estos teólogos, lo que hemos afirmado. Leemos, en efecto, en estos escritos: El amor de Cristo nos apremia, al pensar que, si uno murió por todos, consiguientemente todos murieron en él; y murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos, nuestro Señor Jesucristo. Y en otro lugar dice: Vemos a Jesús, a quien Dios puso momentáneamente bajo los ángeles, coronado de gloria y de honor por haber padecido la muerte; así por amorosa dignación de Dios gustó la muerte en beneficio de todos.

La Escritura nos da la razón por la que fue precisamente el Verbo de Dios y no otro el que tenía que hacerse hombre: Era conveniente para Dios dice, para quien y por quien son todas las cosas, que, queriendo llevar una multitud de hijos a la gloria, consumase en la gloria, haciéndolo pasar por los sufrimientos, al jefe de la salud de todos ellos. Con estas palabras se nos significa que librar a los hombres de la corrupción corresponde únicamente al Verbo de Dios, por quien fueron creados en el principio.

La razón por la cual el Verbo quiso tomar carne y hacerse hombre no fue otra sino la de salvar a los hombres con quienes se había hecho semejante al asumir un cuerpo; así lo dice, en efecto, la Escritura: Como los hijos comparten carne y sangre, también él entró a participar de las mismas; así por su muerte reducía a la impotencia al que retenía el imperio de la muerte, es decir, al demonio; y libraba a los que por temor a la muerte vivían toda su vida sometidos a esclavitud. Así, al inmolar su propio cuerpo, destruyó la ley que había sido dada contra nosotros, y renovó nuestra vida, dándonos la esperanza de la resurrección.

Pues si la muerte penetró en la humanidad fue por culpa de los hombres, en cambio, fue gracias a la encarnación del Verbo de Dios que la muerte fue destruida y se recuperó la vida, como lo afirma aquel apóstol, cuyo vivir era Cristo: Porque, como por un hombre vino la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos; y, así como todos mueren, asociados a Adán, así todos revivirán, asociados a Cristo, y lo demás que sigue. Ya no morimos, pues, como unos condenados, sino que morimos con la esperanza de resucitar de entre los muertos en el día de la resurrección universal que Dios realizará cuando llegue el tiempo.

Responsorio Rm 3, 23-25; 1Co 15, 22

R. Todos los hombres pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios; son justificados gratuitamente, mediante la gracia de Cristo, en virtud de la redención realizada en Él; a quien Dios ha propuesto como instrumento de propiciación, por su propia sangre y mediante la fe.

V. Así como todos mueren, asociados a Adán, así todos revivirán, asociados a Cristo.
R. A quien Dios ha propuesto como instrumento de propiciación, por su propia sangre y mediante la fe.

Oremos,
Dios nuestro, que nos has enviado la redención y concedido la filiación adoptiva, protege con bondad a los hijos que tanto amas, y concédenos, por nuestra fe en Cristo, la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

Conclusión
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.