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Oficio de lectura – viernes 19 junio 2026

Oficio de Lectura

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

HIMNO
Dios mío, ven en mi auxilio…

Delante de tus ojos
ya no enrojecemos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.

En medio de los pueblos
nos guardas como un resto,
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.

Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor, que es justo,
revoca sus decretos:
la salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo. Amén.

SALMODIA

Ant.1 Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

– Salmo 68, 2-22. 30-37 –
–I–

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los cabellos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;

más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos,
un extraño para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí;
cuando me visto de saco, se ríen de mí;
sentados a la puerta murmuran,
mientras beben vino me cantan burlas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.1 Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Ant. 2 En mi comida me echaron hiel, para mi sed me
dieron vinagre.

–II–

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:

Arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia,
por tu gran conpasión vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista está los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 En mi comida me echaron hiel, para mi sed me
dieron vinagre.

Ant. 3 Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

–III–

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo los humildes y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

VERSÍCULO

V. El Señor nos instruirá en sus caminos.
R. Y marcharemos por sus sendas.

PRIMERA LECTURA
Comienza el libro del profeta Zacarías 1, 1-21
VISIÓN SOBRE EL RESTABLECIMIENTO DE JERUSALÉN
En el mes octavo del año segundo de Darío, fue dirigida la palabra del Señor al profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí, en estos términos:
«El Señor está irritado contra vuestros padres. Les dirás: «Así dice el Señor de los ejércitos: Convertíos a mí, y me convertiré a vosotros. No seáis como vuestros padres, a quienes predicaban los antiguos profetas: Así dice el Señor: ‘Convertíos de vuestra mala conducta y de vuestras malas obras’, pero no me obedecieron ni me hicieron caso -oráculo del Señor-. Vuestros padres ¿dónde están ahora? Vuestros profetas ¿viven eternamente? Pero mis palabras y preceptos que mandé a mis siervos los profetas ¿no es verdad que alcanzaron a vuestros padres? Por eso ellos se convirtieron, diciendo: ‘Como el Señor de los ejércitos había dispuesto tratarnos por nuestra conducta y obras, así nos ha sucedido.’»»
El día veinticuatro del mes undécimo -el mes de Sebat- del año segundo de Darío, vino el siguiente mensaje del Señor al profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí:
Tuve una visión nocturna: Vi un jinete sobre un caballo rojo, de pie entre los mirtos de un valle; detrás de él había caballos rojos, castaños, negros y blancos; pregunté:
«¿Quiénes son éstos, señor?»
Y me contestó el ángel del Señor que estaba entre los mirtos:
«Te mostraré quiénes son.»
Pero el jinete que estaba entre los mirtos dijo:
«A éstos los ha despachado el Señor para que recorran la tierra.»
Contestaron éstos al ángel del Señor que estaba entre los mirtos:
«Hemos recorrido la tierra, y toda ella está quieta y en paz.»
Preguntó el ángel del Señor:
«¿Hasta cuándo, Señor de los ejércitos, no te compadecerás de Jerusalén y de las ciudades de Judá, contra las que estás irritado desde hace setenta años?»
Respondió el Señor al ángel que hablaba conmigo palabras buenas, palabras de consuelo. El ángel que me hablaba me dijo:
«Proclama lo siguiente: «Así dice el Señor de los ejércitos: Siento gran celo por Jerusalén y por Sión, y una gran cólera contra las naciones confiadas que contribuyeron a la desgracia durante mi breve cólera. Por eso, así dice el Señor: Me vuelvo con misericordia a Jerusalén. En ella será reedificado mi templo -oráculo del Señor de los ejércitos-, el cordel de medir será tendido sobre Jerusalén.» Proclama también: «Así dice el Señor de los ejércitos: Otra vez rebosarán las ciudades de bienes, el Señor consolará otra vez a Sión y elegirá de nuevo a Jerusalén.»»
Levanté luego los ojos y vi cuatro cuernos. Pregunté al ángel que hablaba conmigo:
«¿Qué significan?»
Él contestó:
«Éstos son los cuernos que dispersaron a Judá, Israel y Jerusalén.»
Después el Señor me hizo ver cuatro herreros. Pregunté:
«¿Qué han venido a hacer?»
Respondió:
«Aquéllos eran los cuernos que dispersaron a Judá, hasta no dejar alzar cabeza a un solo hombre; y éstos vinieron a abatirlos, para derribar los cuernos de las naciones que levantaron su poder contra la tierra de Judá para dispersarla.»
RESPONSORIO Za 1, 16; Ap 21, 23
R. Me vuelvo con misericordia a Jerusalén; * en ella será reedificado mi templo.
V. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna, porque su lámpara es el Cordero.
R. En ella será reedificado mi templo.

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la
oración del Señor

El Señor añade una condición necesaria e ineludible,
que es a la vez un mandato y una promesa, esto es, que
pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en
que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para
que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que
pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos
de modo semejante con los que nos han hecho alguna
ofensa. Por ello dice también en otro lugar: Con la me-
dida con que midáis se os medirá a vosotros. Y aquel
siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado
toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su
compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber queri-
do ser indulgente con su compañero, perdió la indulgen-
cia que había conseguido de su amo.

Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con
más fuerza y energía, cuando nos manda severamente:
Cuando estéis rezando, si tenéis alguna cosa contra al-
guien, perdonadle primero, para que vuestro Padre ce-
lestial os perdone también vuestros pecados. Pero si vo-
sotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial per-
donará vuestros pecados. Ninguna excusa tendrás en el
día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia
sentencia y serás tratado conforme a lo que tú hayas
hecho.

Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que
habitemos unánimes en su casa, y que perseveremos en
nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal
modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos
en la paz de Dios y los que tenemos un solo espíritu
tengamos también un solo pensar y sentir. Por esto Dios
tampoco acepta el sacrificio del que no está en concor-
dia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya
primero a reconciliarse con su hermano;»una vez que se
haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse
con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a
los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y
un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que
existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecie-
ron Abel y Caín, lo que miraba Dios no era la ofrenda en
sí, sino la intención del oferente, y por eso le agradó la
ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel,
el pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó
a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer
su ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rec-
titud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia.
En efecto, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido
estas cualidades, se convirtió más tarde él mismo en
sacrificio y así, con su sangre gloriosa, por haber obte-
nido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en
mostrar lo que había de ser el martirio, que culminaría
en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los
que serán coronados por el Señor, los que serán reivin-
dicados el día del juicio.

Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no
están en paz con sus hermanos no se librarán del pecado
de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre
de Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de
la sagrada Escritura, pues está escrito: Quien aborrece a
su hermano es un homicida, y el homicida no puede al-
canzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede
vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a
Cristo.

Responsorio

R. Os ruego que andéis como pide la vocación a la que
habéis sido convocados: esforzaos por mantener la
unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz, * como
una sola es la meta de la esperanza en la vocación
a la que habéis sido convocados.

V. Dios os conceda tener un mismo sentir entre vos-
otros; así con un mismo corazón y una misma boca
le daréis gloria.

R. Como una sola es la meta de la esperanza en la vo-
cación a la que habéis sido convocados.

ORACIÓN.

Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nues-
tras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti
nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para ob-
servar tus mandamientos y agradarte con nuestros de-
seos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.