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Laudes I oración de la mañana I miércoles 14 julio 2021

Laudes

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¡Señor, abre mis labios!
¡Y mi boca proclamará tu alabanza!

Salmo 66:

¡Qué todos los pueblos alaben al Señor!
Adoremos al Señor, creador nuestro.
El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.
Adoremos al Señor, creador nuestro.
¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Adoremos al Señor, creador nuestro.
Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.
Adoremos al Señor, creador nuestro.
¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Adoremos al Señor, creador nuestro.
La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.
Adoremos al Señor, creador nuestro.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Adoremos al Señor, creador nuestro.

Himno:

¡Detente, aurora de este nuevo día, refleja en mis pupilas tu paisaje! Mensajera de amor, es tu equipaje la hermosura hecha luz y profecía.

¡Detente, aurora, dulce epifanía, rostro de Dios, qué bello es tu mensaje! Queme tu amor mi amor que va de viaje en lucha, y en trabajo y alegría.

Avanzamos, corremos fatigados, mañana tras mañana enfebrecidos por la carga de todos los pecados.

Arrópanos, Señor, con la esperanza; endereza, Señor, los pies perdidos, y recibe esta aurora de alabanza.

¡Amén!

Salmodia

Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor.
Salmo 85:
Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva a tu siervo, que confía en ti.

Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.

En el día del peligro te llamo, y tú me escuchas. No tienes igual entre los dioses, Señor,
ni hay obras como las tuyas.

Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre:
Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios.

Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero
en el temor de tu nombre.

Te alabaré de todo corazón, Dios mío; daré gloria a tu nombre por siempre, por tu gran piedad para conmigo, porque me salvaste del abismo profundo.

Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí, una banda de insolentes atenta contra mi vida, sin tenerte en cuenta a ti.

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.

Da fuerza a tu siervo, salva al hijo de tu esclava; dame una señal propicia, que la vean mis adversarios y se avergüencen, porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor.

Dichoso el hombre que camina por sendas de justicia y habla con rectitud.

Cántico:

Isaías 33, 13-16:
Los lejanos, escuchad lo que he hecho; los cercanos, reconoced mi fuerza.

Temen en Sión los pecadores, y un temblor agarra a los perversos: ¿Quién de nosotros habitará un fuego devorador, quién de nosotros habitará una hoguera perpetua?

El que procede con justicia y habla con rectitud y rehúsa el lucro de la opresión,
el que sacude la mano rechazando el soborno y tapa su oído a propuestas sanguinarias.

El que cierra los ojos para no ver la maldad: ese habitará en lo alto, tendrá su alcázar en un picacho rocoso, con abasto de pan y provisión de agua.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Dichoso el hombre que camina por sendas de justicia y habla con rectitud.

Aclamad al Rey y Señor.
Salmo 97:
Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra.

Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Aclamad al Rey y Señor.

Lectura breve:

Jb 1,21; 2,10b
Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?

Responsorio breve:

Inclina, Señor, mi corazón a tus preceptos. Inclina, Señor, mi corazón a tus preceptos.
Dame vida con tu palabra. Mi corazón a tus preceptos. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Inclina, Señor, mi corazón a tus preceptos.

Cántico evangélico:

Ten misericordia de nosotros, Señor, y recuerda tu santa alianza.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre: Abraham.

Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
¡Amén!

Ten misericordia de nosotros, Señor, y recuerda tu santa alianza.

Preces:

Invoquemos a Cristo, que se entregó a sí mismo por la Iglesia, y le da alimento y calor, diciendo:
Mira, Señor, a tu Iglesia.

Bendito seas, Señor, Pastor de la Iglesia, que nos vuelves a dar hoy la luz y la vida;
haz que sepamos agradecerte este magnífico don.
Mira, Señor, a tu Iglesia.

Mira con amor a tu rey, que has congregado en tu nombre; haz que no se pierda ni uno solo de los que el Padre te ha dado.
Mira, Señor, a tu Iglesia.

Guía a tu Iglesia por el camino de tus mandatos, y haz que el Espíritu Santo la conserve en la fidelidad.
Mira, Señor, a tu Iglesia.

Que tus fieles, Señor, cobren nueva vida, participando en la mesa de tu pan y de tu palabra, para que, con la fuerza de este alimento, te sigan con alegría.
Mira, Señor, a tu Iglesia.

Concluyamos nuestra oración diciendo juntos las palabras de Jesús, nuestro Maestro:

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo; danos, hoy, nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

Oración final:

Señor Dios, infunde en nuestras almas la claridad de tu luz, y, pues con tu sabiduría nos has creado y con tu providencia nos gobiernas, haz que nuestro vivir y nuestro obrar estén del todo consagrados a ti.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
¡Amén!

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
¡Amén!

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza; a ti Celestial Princesa, Virgen Sagrada María, yo te ofrezco en este día: alma, vida y corazón; mírame con compasión, no me dejes Madre mía.

¡Amén!